Caridad
El estilo inconfundible de la caridad es el estilo que Jesús nos ha enseñado en la parábola del buen samaritano: estar en presencia de cada hombre con la misma pureza desinteresada e incondicional del amor de Dios; acoger a cada hombre simplemente porque es un hombre; hacerse prójimo de cada hombre, más allá de toda diferencia cultural, racial, psíquica, religiosa; anticiparse a sus deseos; descubrir las necesidades siempre nuevas en las que nadie había pensado todavía; dar preferencia a los más marginados; conferir dignidad y valor al que tiene menos títulos y capacidades. El reconocimiento de todo hombre como hijo de Dios, inundado por los misteriosos dones de la gracia, nos permite acoger a todo el que sufre como un hermano que da y recibe, según las maravillosas leyes de la comunión de los santos. La comunión en Cristo es el inesperado y trascendente sello de las distintas formas de comunicación humana; la fuente inagotable de formas de comunicación siempre nuevas; el exigente paradigma en el que la comunidad cristiana tiene que medir su propio comportamiento con los minusválidos y los enfermos, sus formas de acogida: la catcquesis, la vida litúrgica, la valoración de los carismas, etc. La comunión en Cristo es fuente de unidad y garantía de benéfica diversidad. Gracias a ella «ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús»; pero, al mismo tiempo, «nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo... tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha confiado».
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