Bienaventuranzas
Antes de dibujar el ideal del discípulo —pobre en espíritu, afligido, manso, hambriento de justicia—, las bienaventuranzas expresan la figura histórica de Jesús que nos ha enseñado de qué modo tenemos que relacionarnos concretamente con el Padre y con los hermanos. Sólo si miramos a Jesús, las bienaventuranzas revelan su verdadero sentido y su justificación, se salen de esa paradoja por la que nosotros las consideramos como imposibles, como parte de otro mundo, como algo inalcanzable. Lo que es imposible para nosotros, es posible para Dios y, por tanto, es posible para el hombre y la mujer bautizados, llamados a la santidad. En realidad, las bienaventuranzas subrayan una única actitud fundamental: reconocer la primacía de Dios en nuestra vida, la primacía del Padre y, por tanto, la necesidad de abandonarnos a él. «Padre, todo está en tus manos, todo te lo entrego a ti, todo lo espero de ti», dicen el hombre y la mujer de las bienaventuranzas. De este modo, las bienaventuranzas representan la actitud de quien, como Jesús, se fía completamente del Padre y, por ello, es dichoso, es feliz, porque nada le falta. Y aunque tuviera que pasar momentáneamente por la aflicción o la persecución, sabe que el Padre está preparando para él un maravilloso tesoro, un gozo indecible, y en su interior lo saborea, sintiéndose así realizado, auténtico, completo. La santidad cristiana, descrita en las bienaventuranzas, consiste en vivir nuestro bautismo inmersos en el amor del Padre, en la imitación y en la gracia del Hijo y en la fuerza del Espíritu Santo. A esto estamos llamados cada mañana cuando nos despertamos y en cada momento de nuestra jornada; es algo que está sobre nosotros como gracia y como amor del Padre en el sueño de la noche, para atendernos como abrazo de amor nuevamente al despertar. Ésta es la vida de los santos, éste es el ideal de vida de los cristianos.
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