Yahvéh
de nuevo, le dirigió la palabra al profeta E. y le mandó volver al encuentro de Ajab, rey de Israel, quien se encontraba en Samaria, en la viña de Nabot, a quien había asesinado para apropiarse de su huerto. E. le comunicó al rey el castigo que recibiría de Yahvéh por haber hecho pecar al pueblo con la idolatría a Baal, por el homicidio y la usurpación del predio de Nabot, instigado por su mujer Jezabel, quien moriría devorada por los perros, en Yisreel: la casa de Ajab sería exterminada, 1 R 21, 17 26. Pero el rey Ajab, al oír las palabras de Yahvéh, por medio de E., se arrepintió, hizo penitencia y se humilló ante el Señor, lo que le valió la postergación del castigo, que se llevaría a cabo en el reinado de su hijo, 1 R 21, 27-29. A la muerte de Ajab, le sucedió en el trono de Israel su hijo Ocozías, 853852 a. C., quien también pecó, como su padre. Ocozías tuvo una caída de su cámara alta en Samaria, quedando gravemente herido, y envió a consultar al dios Baal Zebub, sobre su salud. E. recibió la palabra del Ángel de Yahvéh, para que fuera al encuentro de los mensajeros del rey y éstos le llevaran el mensaje del Señor, según el cual, moriría irremediablemente de las heridas. Ocozías murió, según las palabras que Yahvéh le había comunicado a E., y reinó en su lugar Joram, su hermano, 2 R 1, 1-18.
Elías partió junto con Eliseo, de Guilgal para Betel. En esta ciudad las hermandades de los profetas salieron a recibir a Eliseo, y ya sabían que E. sería arrebatado hacia el cielo. Fueron a Jericó, a orillas del río Jordán, donde E. golpeó el agua con su manto y éstas se abrieron, de modo que el profeta y Eliseo pasaron de un lado a otro sobre el lecho seco. E. le dijo a Eliseo que pidiera lo que quisiera, antes de ser arrebatado al cielo, y éste pidió que le pasara dos tercios de su espíritu, cuestión difícil, pues el espíritu profético no se transmite, sino que es Dios quien lo concede, como le dio a entender E. Caminaban juntos, cuando un carro de fuego con caballos de fuego arrebató a E. y subió al cielo. Cuando Eliseo dejó de verlo, desgarró sus vestidos, recogió el manto de E., que había caído de sus espaldas, volvió al Jordán y golpeó con él las aguas, las cuales se abrieron y Eliseo pasó a la otra orilla, donde los discípulos de los profetas exclamaron: “El espíritu de E. se ha posado sobre Eliseo”. Los discípulos enviaron cincuenta hombres a buscar al profeta E., contra lo que pensaba Eliseo, pero la búsqueda fue inútil, 2 R 2, 1-18.
En 2 Cro 21 11-15, se menciona una carta de E. para Joram, rey de Israel, 852-841 a. C., en la cual le anuncia el castigo por sus crímenes, la cual debe ser apócrifa, pues ya E. había sido arrebatado al cielo, según se dice en 2 R 2, antes de reinar Joram. En el libro de Sirácida, en la Historia de los padres, se hace el elogio del profeta E., Si 48, 1-11.
El último de los profetas Malaquías, dice que E. volverá antes de que llegue el día de Yahvéh, Ml 3, 23-24. Este oráculo influiría grandemente en la escatología judía, como se puede ver en el Libro de Henoc. A Juan Bautista los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran si era E., a lo cual Juan respondió que no, y, por el contrario, citó el oráculo del profeta, Is 40, 3: “Yo soy el que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor”, Jn 1, 19-23. Muchos judíos creían que Jesús era E., Mt 16, 14; Lc 9, 8; sin embargo, el mismo Jesús dice que E. ya vino en el Precursor Juan Bautista, Mt 11, 7-14; 17, 10-13; Lc 1, 17.
En la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor donde estaban también los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, se les aparecieron Moisés y E., Mt 17, 3; Mc 9, 4; Lc 9, 30. Cuando Jesús, en la cruz, exclamó: “¡Elí, Eli!, ¿lemá sabactaní?”, algunos de los que allí estaban decían: “A E. llama éste”, Mt 27, 46-47; Mc 15, 34-35.
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