Sansón
hombre del sol. Héroe hebreo, duodécimo juez de las tribus israelitas, durante veinte años, el último antes de Samuel, Jc 16, 31.
Manóaj un hombre de Sorá, de la tribu de los danitas, no había tenido descendencia, pues su mujer era estéril. Pero un ángel de Yahvéh se le apareció a la esposa de aquél era estéril, pero se le apareció y le anunció que tendría un hijo, el cual sería consagrado a Dios, no podía pasar por su cabeza navaja alguna; sería nazireo desde el seno materno, por lo que la madre debía abstenerse de todo lo impuro y de toda bebida fermentada; S, dice el anuncio a la mujer, “comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos”, Jc 13, 2-7. El Ángel de Yahvéh apareció por segunda vez, a Manóaj, quien había orado para que volviera y dijera qué se debía hacer con el niño; el Ángel le dijo que debía guardar la conducta de un nazireo.
Manóaj entonces, ofreció el holocausto de un cabrito. S. nació y creció entre las localidades de Sorá y Estaol, Jc 13, 8-25.
Ya adulto S. fue a Timná, donde se fijó en una mujer filistea y dijo a sus padres que se la pidieran como esposa. Esto no gustó a los progenitores de S., pues iba en contra de las costumbres patriarcales de los hebreos; sin embargo, el autor sagrado ve en esto un designio de Dios en contra de los filisteos, que en esa época dominaban a los israelitas. Cuando S. iba a Timná en busca de su mujer, comenzó a manifestarse en él la fuerza descomunal que lo llevó a realizar grandes hazañas, poder que residía en su larga cabellera de nazireo. En esta oportunidad, “El espíritu de Yahvéh le invadió”, mató un león, que le salió en el camino, como quien destroza con las manos un cabrito. Cuando iba a la boda, encontró en el esqueleto del león un enjambre de abejas, de cuya miel comieron S. y sus padres.
En la fiesta nupcial S. propuso un enigma a los filisteos, relacionado con la miel hallada en el camino: “Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura”. Quien perdiera en este juego debía pagar treinta túnicas y treinta mudas de ropa. Los filisteos presionaron a la mujer de S. para que le sacara a éste la respuesta, como sucedió. S., entonces, fue a Ascalón, donde mató a treinta filisteos, tomó los despojos y entregó el pago a quienes habían resuelto el enigma de manera fraudulenta; la mujer de S. pasó a serlo de uno de éstos, Jc 14. S. fue a Timná en busca de su mujer y, al enterarse de que había sido dada a otro hombre, cazó trescientas zorras a las que les ató teas en las colas y las soltó en los campos filisteos, quemando el trigo, los olivares y los viñedos. Los filisteos, por su parte, quemaron a la mujer que le había sido quitada a S. así como la casa del suegro.
Los filisteos atacaron a los israelitas en Lejí, por causa de S. Éstos fueron hasta la gruta de Etamy ataron a S. para entregarlo a los filisteos, pero éste, rompió las cuerdas y con una quijada de asno mató a mil filisteos. S. sintió una sed terrible e invocó a Yahvéh: “Tú has logrado esta gran victoria por mano de tu siervo y ahora, ¿voy a morir de sed y a caer en manos de los incircuncisos?”. Dios de una cavidad en Lejí hizo brotar agua, de la que se sació S., Jc 15. S. fue a la ciudad de Gaza y se quedó en casa de una ramera. Alertados, los filisteos rodearon la habitación para acecharlo; pero aquél se levantó a medianoche, arrancó las puertas de la ciudad, se las echó a la espalda y las subió hasta una cumbre enfrente de Hebrón, Jc 16, -1-3.
Posteriormente S. se enamoró de Dalila, una mujer de la vaguada de Soreq, a la cual acudieron los filisteos para que averiguara, a cambio de dinero, la causa de la gran fuerza de S. Tras varios intentos infructuosos, S., por fin, cedió a los requerimientos de Dalila y le reveló el secreto de su fuerza, el cabello de nazireo. Dalila le cortó los cabellos, haciéndole violar su promesa de nazireo, y su fuerza quedó como la de un hombre cualquiera. Los filisteos le sacaron los ojos, lo encadenaron y lo llevaron a Gaza donde lo pusieron a mover la muela de un molino.
Tiempo después cuando los filisteos se reunieron en el templo para ofrecer un gran sacrificio a su dios Dagón, hicieron llevar a S. desde la prisión para que los divirtiera en la fiesta a su deidad. S. pidió al muchacho que lo guiaba en el templo, que lo pusiera junto a las columnas de edificio para poder sostenerse. S. invocó a Yahvéh: “Señor Yahvéh, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte aunque sólo sea esta vez, oh Dios, para que de un golpe me vengue de los filisteos por mis dos ojos”. A tientas, S. llegó hasta las dos columnas centrales sobre las que descansaba el templo, apretó fuerte y el edificio se vino abajo, muriendo la gran muchedumbre congregada para la celebración al dios Dagón.
Los familiares recogieron el cuerpo de S. y lo enterraron entre Sorá y Estaol, en el sepulcro de su padre Manóaj, Jc 16.
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