Samuel
líder religioso y político de Israel, profeta y último juez de los israelitas, 1 S 7,15. Le correspondió vivir uno de los períodos críticos de Israel, la transición del gobierno de los jueces a la monarquía.
S. fue hijo de Elcaná descendiente de Suf, de la ciudad de Ramatáyim, más tarde llamada Ramá, en las montañas de Efraím. La madre de S. se llamaba Ana, la cual no le había dado hijos a su marido, mientras la otra mujer, Peninná, sí. Ana oró fervientemente a Dios pidiéndole un hijo, al cual prometió para su servicio. El niño nació y, una vez destetado, fue llevado al santuario en Siló, entregado al cuidado del sacerdote Elí, 1 S 1, 21-28. Estando al servicio del santuario de Siló, S. recibió el llamado de Yahvéh, la primera revelación que lo consagra como profeta. A S. le anunció Yahvéh la condena y el castigo para la casa del sacerdote Elí, la cual sería borrada, por la mala conducta de sus hijos Jofní y Pinjás, 1 S 3.
Dice el texto sagrado: “Samuel crecía Yahvéh estaba con él y no dejó caer en tierra ninguna de sus palabras”, 1 S 3, 19; en la guerra contra los filisteos, el Arca fue capturada por éstos y los hijos de Elí perecieron, y éste mismo murió al recibir la noticia, lo que fue el principio del castigo a la casa de Elí, que después seguiría con la matanza de los sacerdotes de Nob, 1 S 22, 18; y la destitución de Abiatar por Salomón, 1 R 2, 27, reemplazado por Sadoq.
Pasaron veinte años desde que el Arca fue instalada en Quiryat Yearim y S. surge como el líder, reformador religiosos, liberador y juez de Israel, que había estado a merced de los filisteos. S. reunió la asamblea de Israel en Mispá, e hizo que el pueblo volviera los ojos a Yahvéh y abandonara las abominaciones idolátricas. S. rogó a Yahvéh por su pueblo y ofreció un sacrificio. Los israelitas humillaron a los filisteos y hubo paz; S. juzgaba a Israel, desde su ciudad de Ramá, y hacía recorridos cada año por todo el territorio, 1 S 7.
Siendo ya anciano S. puso a sus hijos Joel y Abías como jueces de Israel, los cuales no siguieron el ejemplo de su padre, torcieron el derecho buscando el lucro personal. Los ancianos de Israel fueron a Ramá y le pidieron a S. que les diera un rey que los gobernara, como sucedía en todas las naciones. S. se opuso, pues consideraba que Israel no era como los demás pueblos, su único rey era Yahvéh. Sin embargo, S. consultó al Señor, quien le pidió que accediera, pues el rechazado no era S. sino Yahvéh mismo, pero que le pusiera de presente al pueblo cuál era el fuero real, 1 S 8. Yahvéh mandó a S. para que ungiera como rey a Saúl, 1 S 9 17 ss. S. reunió a todo el pueblo en Guilgal, donde se inauguró la monarquía de Israel, 1 S 11, 14-15; Saúl reinó, aproximadamente, entre el año 1030 y el 1010 a. C. Tras esto, S. dijo un discurso de despedida ante el pueblo, en el que recordó las grandes obras de Yahvéh en favor de su pueblo, cuya protección estará asegurada siempre y cuando los israelitas sean fieles a los preceptos de su Dios, 1 S 12.
Pero aquí no termina la vida pública de S. Fue hasta donde Saúl para anunciarle que Yahvéh no afianzaría el reino en sus manos, pues había perdonado la vida al rey de Amalec, Agag, desobedeciendo las órdenes del Señor de entregarlo todo al anatema, tras derrotar a los amalecitas; éstos habían atacado a Israel alevemente cuando salió de Egipto, Ex 17, 8-16; Dt 25, 17-19. S., entonces, ejecutó la orden de Yahvéh, que ha debido cumplir el rey Saúl, y mató a Agag. Desde entonces, Saúl no volvió a ver al profeta S., 1 S 15.
Posteriormente S. fue enviado por Yahvéh, a Belén, a ungir como rey a David, hijo de Jesé, 1 S 16, 1-13. S. murió en la época en que el rey Saúl perseguía a David; fue sepultado en Ramá, 1 S 25, 1; 28, 3.
El salmista elogia S. como uno de los grandes intercesores del pueblo de Israel ante Yahvéh, junto con Moisés y Aarón, Sal 99, 6; e igualmente en Jr 15, 1; en Si 46, 13-20, se le logia por su fidelidad a Dios, como profeta y fundador de la realeza en Israel; en Hb 11, 32, se elogia por su fe. A S. se le atribuyen los dos libros bíblicos del A. T., que llevan su nombre.
Éstos textos formaban un solo libro en la Biblia hebrea; la versión griega de la Septuaginta los dividió en dos y los juntó con los dos libros de los Reyes bajo el mismo título, los cuatro libros de los Reinos; igual hizo la versión latina de la Vulgata, bajo el título de los cuatro libros de los Reyes.
La tradición talmúdica considera al profeta Samuel autor del texto del primer libro que termina con su muerte; los que sigue es atribuido a Natán y Gad. En general, se cree que los libros son obra de varios autores y que hay diversas fuentes y tradiciones.
Los libros de S. abarcan un período de la historia de Israel que va desde la terminación del gobierno de los jueces e instauración de la monarquía, hasta los últimos días del reinado de David. Se puede dividir la obra en tres grandes partes: desde el nacimiento de Samuel hasta la unción de Saúl como primer rey panisraelita, 1 S capítulos 1 a 7; hechos del reinado de Saúl, 1 S 8 a 2 S 1; y hechos del reinado de David, 2 S capítulos 2 a 24; aquí se destacan la derrota de los filisteos; la unificación del territorio, la asimilación de los restos de poblaciones cananeas y la erección de Jerusalén como capital política y religiosa del reino; el sometimiento de Transjordania y de los arameos de Siria septentrional.
Es de destacar que a pesar de que David logró la unificación de la nación israelita, al morir no estaba verdaderamente solidificada. Ya en su reinado, como consta en los libros de S., se presentaron amagos de división, como el de su propio hijo Absalón, apoyado por los del Norte; igualmente la rebelión de Seba, el benjaminita. El ideal teocrático alcanzado, aunque no del todo afianzado, se verá resquebrajado, según el mensaje religioso de S., por las infidelidades de Israel, que llevarán a la división y al cisma religioso y a la ruina de los dos reinos, Israel y Judá. Pero surge en S. la promesa de Yahvéh a la casa de David, la profecía de Natán sobre la llegada del Mesías, 2 S 7, 5-16; palabras que son citadas en el N. T., cumplidas en Jesús, del linaje de David, Hch 2, 30; 2 Co 6, 18; Hb 1, 5.
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