Resucitar
volver a la vida a un muerto. En las Escrituras se encuentran varios casos de personas muertas vueltas a la vida por la acción divina a través de algún hombre de Dios, de algún profeta, es decir de alguien que tiene una misión de Dios; en el N. T. los milagros de Jesús, que son signos del poder dado al Hijo por el Padre; igualmente los apóstoles llevaron a cabo resurrecciones de muertos, pues Cristo les dio ese poder. En el A. T., el profeta Elías volvió a la vida al hijo de una viuda, que lo había acogido en su casa, en la ciudad sidonia de Sarepta, 1 R 17, 17-24. El profeta Eliseo también resucitó a un niño, el hijo de una mujer principal de Sunén, 2 R 4, 32-37. En el N. T., está la resurrección de Lázaro, tras varios días de permanecer en el sepulcro, uno de los principales signos de Jesús, para fortalecer la fe de sus discípulos. Es cuando Jesús dice: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá”, dando a entender que la verdadera resurrección no es la que operó en su amigo Lázaro, sino la última, pues éste debía morir de nuevo para alcanzar la verdadera vida, la eterna; que la muerte es algo transitorio, el paso necesario para alcanzar la gloria, Jn 11, 1-44. Con este mismo sentido, como signos del poder de Dios, conferido por Jesús a los apóstoles, éstos llevaron a cabo milagros de resurrección, como los de Pedro, quien resucitó a una mujer llamada Tabitá o Dorkás, Hch 9, 39-42; Pablo, de la misma manera, le devolvió la vida a un joven llamado Eutico, quien cayó de una ventana, mientras oía la predicación del Apóstol, Hch 20, 9-12.
Esta idea de la resurrección final del hombre integral se afianzó en el N.
T. ; no la de la simple vuelta a la vida terrenal para volver a morir sin ninguna esperanza, como dice el apóstol Pablo, “No moriremos todos, mas todos seremos transformados...; sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de la incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad”, 1 Co 15, 51-53.
En el A. T. se puede ver que los hebreos no tenían una idea sobre la vida de ultratumba, pensaban que quienes morían, buenos y malos, iban a parar al ® seol, Nm 16, 33; Sal 9, 18. El seol era la mansión de los muertos, donde se llevaba una vida reducida a su más mínima expresión, silenciosa, oscura, donde ni siquiera se podía alabar a Dios, de ahí que el salmista se queje y le dice al Señor: “Que después de morir nadie te recuerda, y en el seol ¿quién te alabará?, Sal 6, 6. Es decir, tampoco tenían una doctrina de la recompensa, de un juicio final.
Solamente en el siglo II a. C. aparecen en las Sagradas Escrituras los primeros textos explícitos de una esperanza y una fe en la resurrección, de una recompensa, de una rehabilitación de los justos y de los que mueren por Dios, los mártires, esto es, de un juicio final y de una recompensa, una retribución, eterna, según se haya vivido en la tierra. En un texto apocalíptico, en medio de la tribulación, la persecución del seléucida Antíoco IV Epífanes, Daniel anuncia de manera profética la resurrección de la carne: Muchos de los que descansan en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para vergüenza y horror eternos. Los maestros brillarán como el resplandor del firmamento y los que enseñaron a muchos a ser justos, como las estrellas para siempre”, Dn 12, 2-3. Para los justos y los santos, según este texto, no se trata solamente de su reconocimiento póstumo, como se lee en Sb 3, 7, sino de la glorificación del hombre total, la restauración de la carne, del cuerpo, corrompida y desintegrada por la muerte, reunida eternamente con su espíritu.
El segundo texto también explícito sobre la certeza de la resurrección de la carne, es del libro de los Macabeos. En 2 M 7, se narra el martirio de los siete hermanos macabeos y el de su madre, quienes afirman, antes de morir martirizados por el soberano seléucida, la recompensa de la vida eterna, la resurrección de la carne para aquéllos que permanecen fieles a Dios. Esta esperanza en la resurrección se basa en poder creador de Dios, dador de toda vida, que ha hecho el mundo y es el Señor de la vida; así animaba la madre a sus hijos para que recibieran tranquilos el martirio: “Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos por amor a sus leyes”, 2 M 7, 23. Uno de los hermanos dice: “Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna”, 2 M 7, 9.
En los profetas también se encuentra esta fe en la resurrección. Como en la parábola de los huesos secos, del profeta Ezequiel, vivificados por el Espíritu creador de Dios, Ez 37, 1-14. Isaías anuncia la rehabilitación por obra de Dios, en medio del drama del pueblo en el destierro, prefigurando la salvación final o escatológica, que depende de fidelidad a Dios, Is 26, 19.
La esperanza en la resurrección de los muertos se fue formando a través de la historia del pueblo de Israel, basada en la fe en Dios, Señor de la vida y de la muerte. En la fe que el justo no puede, que se mantiene en unión con Dios, no puede ser exterminado por la muerte, Sal 16 (15), 9-10; 49 (48), 16; 73 (72), 23-24.
En el N. T. Jesús, al anunciar su muerte y resurrección, a los tres días, fundamenta la del hombre, Mt 17, 22-23; Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33-34. Pero Jesús trajo algo nuevo con respecto a la resurrección, a esta esperanza, el que él anunció e inauguró el Reino de Dios, Mc 14, 25. En los sinópticos, Jesús dice cómo será la resurrección en sus discusiones con los miembros de dos de las sectas judías de su tiempo, la de los saduceos, que no creían en la resurrección, Lc 20, 27; y la de los fariseos, que la afirmaban, pero que en otro mundo se viviría una vida como esta. Jesús, por el contrario, afirma la resurrección por el poder del Dios vivo, y les dice, citando las Escrituras: “Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo dicho por Dios: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos”; y los resucitados ya no serán según su condición mundana y terrestre, sino asimilados a los ángeles, Mt 22, 23-33; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40.
En la época apostólica concretamente en la Iglesia de Corinto, se presentaron, también, contradictores de al resurrección. Pablo aclara estas cuestiones planteadas por algunos cristianos de esta Iglesia que admitían la resurrección de Cristo, mas no la de los muertos. Pablo refuta estos errores partiendo del misterio pascual, esto es, de la muerte y resurrección de Cristo, 1 Co 15, 3-5; como también en Rm 1, 4; Ga 1, 24; 1 Ts 1, 10; y trae los casos en que Jesús resucitado se apareció a muchos, algunos muertos ya, otros aún vivos, incluido el mismo Apóstol, testimonios seguros en los que se fundamenta la fe, 1 Co 15, 6-11. De acuerdo con este razonamiento, si se niega la resurrección de los muertos, igualmente se debe negar la de Jesús. Dice el Apóstol: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron“, 1 Co 15, 20; es decir, la resurrección de Cristo tiene sentido en cuanto constituye las primicias de la nuestra. De lo contrario, vana sería la fe, vacía; si no fuera así los creyentes estarían aún en sus pecados, la fe no los salvaría de la muerte total. Por esto, dice Pablo: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados”, 1 Co 15, 17. Pablo dice que por un hombre entró el pecado al mundo, al cual estamos atados los humanos, y por el pecado entró la muerte; pero por un hombre, Jesús, que asumió nuestra condición humana, quien murió y resucitó por el género humano para redimirlo del pecado, también vino la salvación, pues Jesús venció la muerte, 1 Co 15, 22-23. En otras cartas, el Apóstol habla de la experiencia del bautismo y de la fe, mediante los cuales se muere y se resucita a una nueva vida en Cristo, Col 3, 1-4; el cristiano unido a Cristo por el bautismo participa ya de la vida celestial; pero es una vida espiritual que se manifestará plenamente en la segunda venida del Señor, en la parusía: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios”, Col 3, 3. Porque la primera venida de Jesús ya se cumplió, en humillación, su pasión por redimir al mundo; la segunda, la parusía, será en gloria a juzgar a todos los hombres, Jn 14, 3.
Para esta segunda venida dice Juan: “saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio”, Jn 5, 29; aquí se afirma un juicio final, definitivo, en el cual se retribuirá a cada uno según sus obras. Pablo habla en este mismo sentido, y afirma, en su proceso ante el procurador Félix, cuando los judíos lo acusaron de ser el jefe de una secta revoltosa, que su creencia en Jesús y en la resurrección es la continuidad de la religión de sus antepasados, que negar a Cristo es negar esa tradición, dice: “En cambio te confieso que según el Camino, que ellos llaman secta, doy culto al Dios de mis padres, creo en todo lo que está escrito en la Ley y en los Profetas y tengo en Dios la misma esperanza que éstos mismos tienen (aquí se refiere a los fariseos), de que habrá una resurrección, tanto de los justos como de los injustos. Por eso yo también me esfuerzo por tener constantemente una conciencia limpia ante Dios y ante los hombres”, Hch 24, 14-16. Esta misma idea del juicio final y la recompensa se encuentra en 1 Jn 2, 28.
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