Oración
súplica o ruego, resultado de la creencia de una persona en una divinidad. Puede ser individual o en grupo, silenciosa o hablada. Es crucial para el culto. La o., era la compañera del sacrificio, y ocupó una posición fundamental desde los primeros días. El templo era una casa de la oración, Is 56, 7, y los salmos, o salterio, se convirtieron en la oración de la liturgia en los templos y sinagogas y conformaron la esencia de las oraciones en el primitivo cristianismo.
Mientras muchos pueblos intentaban que sus ídolos se manifestaran mediante conjuros, ritos mágicos y prácticas, para los israelitas la constante presencia de Dios, no sólo en el templo, sino también fuera de él, hacía que la o. fuera un hecho permanente. La oración incluye la invocación, alabanza, acción de gracias, petición para sí mismo o los demás, la confesión y un llamamiento al perdón.
El modelo de oración conocido como la Oración del Padrenuestro latín Paternoster, la dio Jesucristo a sus discípulos, Mt 6, 9-13; Lc 11, 2-4.
En muchas oraciones se perciben ciertas dudas respecto a si en un caso concreto la o. era escuchada realmente, por lo que ésta suele ir acompañada de un ruego por parte del orante para propiciar el ser escuchado.
Dios era considerado como un ser que exhorta por sí mismo al hombre a que se dirija a él en la desgracia: “Invócame en el día de la angustia, te libraré y tú me darás gloria”, Sal 50, 15. Entonces la relación es recíproca y cumple una finalidad cuando el se estaba angustiado; debía dirigirse a Dios en o., y Dios, al ayudarle, sería alabado por ese hombre.
La o. abarcaba todos los aspectos de la vida material y espiritual como la salud, el bienestar, los hijos, la perpetuación de la familia o la sabiduría, entre otros. La formulación más significativa de este estado ideal reza: “Dichosos todos los que temen a Yahvéh, los que van por sus caminos. Del trabajo de tus manos comerás, dichoso tú, que todo te irá bien! Tu esposa será parra fecunda en el secreto de tu casa. Tus hijos como brotes de olivo en torno a tu mesa. Así será bendito el hombre que teme a Yahvéh”, Sal 128. Todo lo que se apartaba de este estado ideal, era objeto de o., que no tenía por qué referirse necesariamente al propio orante. Por eso había o. por el rey, , Sal 20, por el hermano, 1 Mc 12, 11, por los difuntos, 2 Mc 12, 44, o por la ciudad en la que los israelitas vivían cautivos, Jr 29, 7.
La o. con perseverancia y con fe, fue la realizada por una mujer cananea cuya hija estaba endemoniada fue escuchada por Dios, pues se curó, Mt 15, 21-28. Cuando la o. se realiza con perseverancia y con fe, su poder es ilimitado: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis”, Jn 15, 7.
Jesús destaca el poder de la o. colectiva: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, Mt 18, 19-20.
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