Mujer
en el Génesis se dice que Dios creó al hombre, a su imagen y semejanza, Gn 1, 26, pero aquí hombre, ´adam, tiene un sentido colectivo, se refiere al ser humano, por lo que inmediatamente, en el mismo versículo, usa el verbo en plural, “manden”. Es decir, que hombre y m. fueron creados iguales. Sin embargo, en la práctica, en el A. T., siendo la sociedad israelita patriarcal, la m. estuvo en inferioridad de condiciones respecto del hombre, le estaba subordinada tanto social como legalmente.
La m. estaba relegada a un segundo plano tanto en las instituciones políticas como religiosas. Dentro de la sociedad patriarcal israelita, siendo la familia endógama, se exigía que la esposa fuera del mismo clan del marido. El matrimonio exógamo estaba prohibido, Ex 34, 16; Dt 7, 2-4; Jc 3, 5-6; 1 R 11, 1-8; 16, 31-32. La descendencia y la sucesión se cuentan en línea masculina, las mujeres no heredaban la propiedad, para que el patrimonio familiar no se desperdigara progresivamente, a no ser en el caso excepcional de que no hubiesen varones, como el caso que se narra en Nm 27, 1-7. El padre intervenía en la escogencia de la pareja para los hijos, y cuando un esposo moría sin dejar hijos, se aplicaba la ley del levirato, Dt 25, 5-10. Al padre, pues, están sujetos la mujer o las mujeres que tenga, los hijos solteros y los casados con sus mujeres e hijos. La desigualdad se hace más notoria con la poligamia, Jacob, por ejemplo, tuvo dos mujeres principales, Lía y Raquel, además de las de segundo grado, Zilpá y Bilhá, todas las cuales le dieron hijos, de los que descienden las tribus de Israel, Gn 29, 15-30. En la época monárquica, se acentúa, los reyes tenían verdaderos harenes, como David, 2 S 3, 2-5; Salomón tuvo setecientas mujeres y trescientas concubinas, 1 R 11, 3. Otra desigualdad entre la mujer y el hombre, estaba en el derecho de repudio, que práctiamente sólo pertenecía al hombre. En Dt 24, 1, se dice: “Si un hombre toma una m. y se casa con ella, y resulta que esta m. no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le escribirá un acta de divorcio, se la pondrá en su mano y la despedirá de su casa”. Esta norma era tan general, que se llegó a casos tan extremos de repudio, como el que un hombre se divorciara por haber encontrado una m. más hermosa que la suya. Esta práctica injusta para con la m. fue condenada por el profeta Malaquías como un crimen, Ml 2, 14-16. En cuanto a la fidelidad de la pareja, prácticamente se entiende en un sólo sentido. Así, es adúltero el hombre, soltero o casado, que tenga relaciones con la esposa o la novia de otro. Pero es adúltera la m. novia o esposa que tenga relaciones con cualquier hombre, soltero o casado sino por la misión más importante de la m. era dar a su marido numerosos hijos, especialmente varones, con el fin de garantizar la perpetuidad de la familia.
Sin embargo, en el A. T., se encuentran casos de mujeres excepcionales.
Hubo mujeres que aunque excluidas del sacerdocio y las funciones del culto, fueron profetizas, como María, la hermana de Moisés, Ex 15, 20; así como Juldá, 2 R 22, 14; Débora, que también era juez, Jc 4, 4; la esposa del profeta Isaías, Is 8, 4. Heroínas como Ester y Judit.
En el N. T. Jesús es tajante respecto a la igualdad entre el hombre y la m.: “Todo el que repudia a su m. y se casa con otra comete adulterio; y el que se casa con una repudiada por su marido comete adulterio”, Lc 16, 18; y en Mc 10, 9, dice: “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. El apóstol Pablo, al considerar superada la Ley por Cristo, dice que por el bautismo y la fe en Jesús desaparece toda diferencia entre los hombres, “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni m. ni hombre; ya que todos sois uno en Cristo Jesús”, Ga 3, 28-29. Jesús da ejemplo en contra de los convencionalismos y la segregación de los judíos respecto a las mujeres, conversa en sitios públicos con ellas, no importa su nacionalidad o religión, como con la siro-fenicia, Mc 7, 24-30; la samaritana, Jn 4, 6-27. Un grupo de mujeres le acompañaba, Lc 8, 1-3; las cuales estuvieron presentes en su crucifixión, en su muerte y sepultura, y recibieron el mensaje de su resurrección, que luego transmitieron a los apóstoles.
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