Jesucristo
hebreo Yehôshuah, Yahvéh es salvación, y griego Kristos, Ungido. El ungido, en hebreo mashiaj, Mesías, se aplica en las Escrituras a quien ha recibido la unción real, Sal 2, 2; “ungido de Yahvéh”, 2 S 19, 22; 23, 1; Lm 4, 20. Cristo y Mesías, entonces, son títulos equivalentes, Jn 1, 41.
Las fuentes extrabíblicas judías y paganas sobre J. son pocas casi meras menciones del nombre, fragmentarias, y además tardías, surgen a partir del siglo II. En la Misnah y el Talmud, textos que recopilan las tradiciones judías antiguas, que datan del siglo II, se encuentra varias veces el nombre de J., pero las menciones están relacionadas con la polémica anticristiana, que nada aportan a la historia de J. Un historiador judío, Flavio Josefo, en su obra Antiquitates, ca. 93, cuando trata de la muerte de Santiago, dice que éste es “el hermano de Jesús, llamado el Cristo”. Este mismo autor, en Testimonium flavianum, hace una semblanza de J., que nada nuevo dice fuera de lo que se conoce por los Evangelios. En cuanto a los textos paganos, los datos se relacionan con la idea que del cristianismo tenían los romanos como movimiento peligroso para el Imperio. Así, se encuentran datos de poca importancia para el perfil de J., en los Anales, obra del historiador romano Tácito, lo mismo que en Suetonio. Plinio el Joven, escritor y político romano, fue legado imperial o gobernador en Bitinia, entre el año 111 y el 113, escribió al emperador Trajano para consultarle sobre la forma de tratar a los cristianos, carta que se encuentra en el décimo libro de Epistolæ, publicado después de su muerte.
Las fuentes cristianas más antiguas sobre J. son los textos canónicos es decir, lo libros que forman parte del N. T., colección de veintisiete libros, que va desde mediados del siglo I hasta los inicios del II, los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas y el Apocalipsis.
El N. T. no ofrece una cronología precisa sobre al vida de J. En Mt 2 1, se dice que J. nació en tiempos de Herodes I el Grande, rey de Judea, que gobernó entre el año 37 al 4 a. C.; es decir, que el nacimiento de J. se debe situar cuatro o cinco años antes de nuestra era. Esta diferencia se debe al error de Dionisio el Exiguo, siglo VI, que tomó como un dato exacto lo que es una aproximación, pues en Lucas se lee que J. comenzó su vida pública cuando contaba con “unos treinta años”, Lc 3, 23; esto es, que estaba en una edad ideal para su ministerio público, no una cifra exacta. Dionisio restó esta edad, aproximada, que da Lucas de J., al año 782 de la cronología romana y estableció así el inicio de nuestra era en el 753 de Roma.
De acuerdo con las genealogías de J. en Mt 1, 6 y Lc 3, 31, pertenece a la estirpe del rey David, Rm 1, 3; nació en Belén y creció en Nazaret, Galilea, Mc 1, 9; por esto la gente decía: “Éste es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”, Mt 21, 11; le llamaban “Jesús de Nazaret”, Mc 14, 67; “el hijo del carpintero”, de José, y de María, su esposa, Mt 13, 55; Lc 3, 23; se insinúa que aprendió el oficio de su padre putativo, y se le llama “el carpintero, el hijo de María”, Mc 6, 3. Desde Nazaret subía con sus padres todos los años, con motivo de la Pacua, a Jerusalén. En una de estas idas a Jerusalén, cuando tenía doce años, se les perdió a sus padre, que lo encontraron tres días después, en el Templo, hablando con los doctores, sorprendiendo a quienes le oían por su sabiduría. Aquí hace J. la primera manifestación de su conciencia de ser hijo del Padre, cuando les responde a sus padres, que le buscaban angustiados, “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”, Lc 2, 41-50. Fuera de este episodio en el Templo, la niñez de J. transcurrió como la de cualquier niño ante sus paisanos. J. salió de Nazaret y fue al Jordán donde fue bautizado por Juan Bautista, el Precursor. Aquí bajó el Espíritu Santo sobre J., y se escuchó la voz de su Padre: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”, Mt 3, 13-17; con lo que se expresa claramente el carácter divino de J., su filiación divina. El inicio del ministerio público de Jesús, bien pudo ser en el año 28 ó 29, quince del reinado del emperador romano Tiberio, quien sucedió a Augusto desde el año 14, Lc 3, 1; J.; para entonces, tiene entre treinta y tres y treinta y seis años de edad, aproximadamente. Según los Evangelios sinópticos, la vida pública de J. duró un año, mientras que el de Juan habla de tres pascuas, Jn 2, 13 y 23; 6, 4; 11, 55; 13, 1, es decir, dos años y unos meses.
Tras el bautismo J. es conducido al desierto donde es tentado por Satanás, Mt 4, 3-9; Lc 4, 3-12. Después escogió a sus primeros discípulos, Jn 1, 35-51, y fue a Galilea y a Jerusalén donde llevó a cabo varios signos, Jn 2, 1-11 y 23-25; igualmente a Samaría, Jn 4, 1-42.
Encarcelado Juan Bautista J. inició en Galilea su enseñanza, anunciando que el Reino de Dios estaba cerca, Mc 1, 14 ss. En la sinagoga de Nazaret fue rechazado por sus vecinos Lc 4, 16-30, por lo que se fue a Cafarnaúm. Aquí y en otros sitios de Galilea estuvo más de un año, donde enseñó y realizó muchos milagros, Mt 8, 1-17; 9, 1-8 y 18-26; Mc 4, 35-41; 6, 34-51; Lc 8, 26-39; 9, 37-45; 7, 11-17.
En su ministerio J. mostró y dio ejemplo de su amor por lo humildes los oprimidos, los acongojados, los desvalidos, Mt 9, 1-8; Lc 8, 43-48.
Muchas veces declaró que había venido al mundo a salvar al pecador al perdido, y perdonó los pecados, prerrogativa divina, Lc 5, 20-26; 7, 4849; e insistió en el amor infinito del Padre, prometió el perdón y vida eterna para quienes se arrepintieran sinceramente. La esencia del mensaje de J. está en el sermón de la montaña, en el que proclamó las bienaventuranzas, Mt 5, 1-12; así como en la oración del Padre nuestro, Mt 6, 9-13. Lo que J. enseñaba le atrajo el odio de las autoridades judías, puesto que su doctrina ponía todo el énfasis en la sinceridad del corazón antes que en las formalidades y rituales de los judíos; mientras que sus signos milagrosos le atrajeron al pueblo, como sucedió tras la multiplicación de unos pocos panes y unos peces, cuando dio de comer a cinco mil personas, hasta el punto de que intentaron tomarlo por la fuerza para hacerlo rey, Jn 6, 15. J., entonces, escapó con sus discípulos por el mar de Galilea hacia Cafarnaúm, Jn 6, 15-21, donde se proclamó “pan de la vida”, Jn. 6, 35. Esto hizo que muchos de sus seguidores lo abandonaran, Jn 6, 66. J. Según los sinópticos, J. estuvo la mayor parte del tiempo en Galilea, pero Juan centra su vida pública en Judea y en sus visitas a Jerusalén. Uno de los hechos más significativos de la vida pública de J. ocurre cuando se retiró con los doce apóstoles a territorio no judío del norte, a Tiro, Sidón y Cesarea de Filipo. Aquí fue donde Simón comprendió que Jesús era Cristo, el Mesías, sin que nadie se lo hubiera revelado ni a él ni a los demás discípulos; J. les preguntó: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro contestó: el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, Mt 16, 15-16; Mc 8, 29; Lc 9, 20. J., entonces, tras esta profesión de fe, instituyó a Pedro como cabeza de su Iglesia, Mt 16, 17 19. Después de esto, J. hizo el primer anuncio de su pasión, muerte y resurrección; dijo cuáles eran las condiciones que debía tener quien quisiera seguirlo; y culminó en la transfiguración, cuando se oyó la voz del cielo, como cuando Juan Bautista le bautizó en las aguas del Jordán: “Éste es mi hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”, Mt 17, 5.
La oposición a J. entre los líderes judíos crecía día a día y buscaban prenderlo para entregarlo a las autoridades romanas para que lo ejecutaran, Mt 19, 1-3; Lc 14, 1; querían sacrificarlo, pues les incomodaba en extremo su crítica, Jn 11, 46-53. J. viajó por última vez a Jerusalén para la Pascua, donde el domingo entró triunfante en la ciudad, aclamado por una gran muchedumbre como el Mesías, Mt 21, 1-10; Mc 11, 1-11; Lc 19, 28-38; Jn 12, 12-13. Allí expulsó del Templo a los vendedores y cambistas, a quienes dijo que habían convertido su casa en cueva de ladrones, Mt 21, 12-17; Mc 11,15-17; Lc 19, 45-46; este episodio lo sitúa Juan en la primera Pascua de la vida pública de J., Jn 2, 15-16. En Jerusalén, también, J. sostuvo varias controversias con los líderes judíos sobre su autoridad, los tributos del César y la resurrección. J. predijo la destrucción del Templo, del cual dijo que no quedaría piedra sobre piedra, prefiguración del fin del mundo anunciado en su discurso escatológico, para su segunda venida, parusía, de la cual da algunas señales, Mt 24, 1-31; Mc 13, 1-27. Entretanto, los sacerdotes y los escribas, pensando que J. podía poner a los romanos en su contra, Jn 11, 48, sobornaron a uno de sus discípulos, Judas Iscariote, para que les entregara a Jesús en secreto, por temor al pueblo, Lc 22, 2; Juan sitúa esta conspiración antes de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, Jn 11, 47-53. El jueves, víspera de su pasión, Jesús celebró la cena pascual.
Tras lavarles los pies a sus discípulos les dio a entender que Judas le traicionaría y le entregaría, y les habló de su muerte por los pecados de la humanidad, Mt 26, 21-23; Mc 14, 18-21; Lc 22, 21; Jn 13, 21-26. Durante la cena bendijo el pan y el vino, instituyendo la Eucaristía, Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20. Después de la cena de Pascua, cantados los himnos, Jesús y sus discípulos fueron al monte de los Olivos, donde les anunció que resucitaría, Mt 26, 30-32; Mc 14, 26-28. Luego, J. se retiró al huerto de Getsemaní, donde entró en agonía, Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42; Lc 22, 40-46; Jn 18, 1. Judas Iscariote condujo a los enviados por los sacerdotes y los ancianos judíos, hasta Getsemaní, porque sabía que allí solía ir J. con sus discípulos, donde fue arrestado, Mt 26, 47-56; Mc 14, 4351; Lc 22, 47-53; Jn 18, 2-11. Tras esto, se llevó a cabo el juicio de Jesús, y según Juan, primero fue conducido ante Anás, suegro del sumo sacerdote Caifás, Jn 18, 13-24. Los sinópticos dicen que fue conducido ante el Sanedrín, donde Caifás conminó a J. para que dijera si era el Cristo, el Hijo de Dios. Ante la respuesta afirmativa de J., Caifás rasgó sus vestiduras, lo declaró blasfemo y fue condenado a muerte, Mt 26, 57-66; Mc 14, 53-65; Lc 22, 66-71.
Roma como en todas sus provincias, se reservaba el derecho a la pena capital, por lo que los judíos debieron acudir ante Poncio Pilato, procurador romano en Judea, para que confirmara su sentencia. El procurador le preguntó a J. si era el Rey de los judíos, y respondió que sí. Pilato intentó salvarlo, pero ante el silencio de Jesús, se lavó las manos y dejó que el populacho escogiera entre J. y Barrabás, un ladrón y asesino, pues era costumbre soltar un preso con motivo de la fiesta de Pascua. El pueblo, a instancias de las autoridades judías, escogió la libertad de Barrabás y, por tanto, la muerte de J., Mt 27, 1-2 y 11-26; Mc 15, 1-15; Lc 23, 1-24; Jn 18, 28-40. Jesús fue obligado a llevar la cruz hasta el Gólgota y crucificado en medio de dos ladrones. En la cruz, Pilato hizo poner una inscripción sobre la cabeza de J.: “Éste es Jesús, el Rey de los judíos”, Mt 27, 37. Tras tres horas de sufrimiento en la cruz, J. exclamó: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”, y expiró, Mc 15, 34. Al atardecer, y como estaba cerca el shabat, día de sábado, que guardaban los judíos, el cuerpo de J. fue bajado de la cruz y sepultado en una tumba nueva, por José de Arimatea, quien la había hecho excavar en la roca. El año de la muerte de J., según el año de su bautismo en el Jordán, 28 ó 29, podría ser el 14 de Nisán del año 30 ó 33. El domingo, al amanecer, María Magdalena y María la madre de Santiago fueron al sepulcro con aromas para embalsamarlo, pero encontraron la piedra de la entrada del sepulcro corrida y que estaba vacío; en el interior se encontraron con un joven vestido de blanco, quien les dijo: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí”, y las envió a avisar a los discípulos, Mc 16, 1-8.
En Mt 28 2-8, se dice que hubo un terremoto, pues un Ángel del Señor corrió la piedra de la entrada y se sentó sobre ella y también les dijo a las mujeres que J. había resucitado. En Lc 24, 1-8, se dice que la resurrección de J. les fue anunciada a las mujeres por dos hombres con vestidos resplandecientes. En Jn 20, 1-10, el evangelista dice que María Magdalena, habiendo ido al sepulcro, encontró la piedra de la estrada quitada, por lo que fue a avisar a los discípulos. Pedro y otro discípulo fueron de prisa y encontraron el lugar vacío. Tras la resurrección, el mismo día, J. se apareció primero, a María Magdalena, cuando ésta lloraba junto al sepulcro, Mc 16, 9; Jn 20, 11-18. Igualmente, a los discípulos, en varios sitios, Mt 28, 16-20; Mc 16, 9-12-18; Jn 20, 19-23; Lc 24, 36-43. Como el apóstol Tomás no había presenciado las primeras apariciones de J., dudó de su veracidad, cuando los demás discípulos se lo comunicaron; después, en otra aparición, J. le hizo tocar las llagas de sus manos y meter su mano en la herida del costado, ante lo que Tomás exclamó: “Señor mío y Dios mío”; J. le dijo: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”, Jn 20, 24-29. En estas apariciones J. les dio a los discípulos las últimas instrucciones en la tierra, les siguió enseñando cosas relacionadas con el Reino de los Cielos y les recalcó su misión universal: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, y les dijo que él estaría con ellos hasta el fin de los tiempos, Mt 28, 16-20; Mc 16, 15-20; Lc 24, 44-49.
En Lc 24 50-51, se dice que cerca de Betania, J. fue llevado al cielo; en Hch 1, 2-12, el mismo Lucas dice que cuarenta días después de la resurrección tuvo lugar la ascensión de J. al cielo y su glorificación.
Cuando los apóstoles miraban fijamente al cielo mientras J. ascendía al cielo, dos hombres vestidos de blanco se aparecieron a los apóstoles y les anunciaron, de nuevo, la segunda venida de J., la parusía.
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