Jeroboam
nombre de dos reyes de Israel. 1. J. I, primer rey de Israel, reino del Norte, tras la muerte de Salomón y la división del reino, 931-910 a. C. Hijo de Nebat, efraimita de Seredá, y de la viuda Seruá. J. era servidor del rey Salomón, quien lo había puesto al frente de la leva, por sus capacidades, cuando se construía el Mil.ló de Jerusalén. J., entonces, se levantó contra su rey, a raíz del anuncio que le hizo el profeta Ajías, según el cual Yahvéh dividiría el reino por las infidelidades de Salomón, y que J. sería rey de Israel y le daría diez tribus; pero que el linaje de David no se acabaría, según la promesa hecha por Yahvéh. El rey Salomón quiso matarlo, por lo que J. huyó a Egipto, donde fue protegido por el rey Sosaq, y allí se quedó hasta la muerte de Salomón, 1 R 11, 26-40.
El rey Salomón murió en el año 931 a. C. le sucedió su hijo Roboam, quien fue reconocido inmediatamente en Judá, en el Sur, no así en Israel.
Éste fue a Siquem donde estaba reunida la asamblea de las tribus del Norte, la cual le exigió al sucesor de Salomón reformas y aligerar las cargas impositivas con que su padre había tiranizado al pueblo; pero Roboam, por el contrario, amenazó con aumentarlas, y fue rechazado.
Fue llamado J. quien volvió de Egipto y fue proclamado de rey de Israel como J. I., con lo que se cumplió la profecía de Ajías sobre la fracmentación del reino, 1 R 12, 1-24. J. I fortificó la ciudad de Siquem, después lo hizo con la de Penuel, adonde se trasladó, 1 R 12, 25, y, finalmente, Tirsá, donde fijó su residencia, la cual fue capital del reino hasta la fundación de Samaría, por el rey Omrí, 1 R 14, 17. Para que el pueblo del reino del Norte no fuera a Jerusalén a ofrecer los sacrificios en el Templo, en lo cual J. veía el peligro de que sus súbditos volvieran a Roboam, decidió fundir dos becerros de oro, uno lo instaló en Betel y el otro en Dan, nombró sacerdotes, instituyó fiestas religiosas, con lo que se creó el cisma religioso, además de la secesión política, 1 R 12, 26-33. Un hombre de Dios se presentó en Betel cuando J. se disponía a quemar incienso y predijo que un descendiente de David nacería, Josías, rey de Judá, 640609 a. C., el cual acabaría con estas abominaciones, como efectivamente sucedió, según se lee en 2 R 23, 15-16. El hombre de Dios llevó a cabo un signo para reprochar la conducta del rey, dijo que el altar se haría pedazos y que las cenizas quedarían esparcidas. Ante esto, J. extendió la mano y gritó que detuviesen al hombre, con lo que su mano quedó seca e inmóvil, y el altar se volvió pedazos. El hombre de Dios hizo que el Señor devolviera la movilidad a la mano del rey, quien lo invitó a palacio para hacerle un regalo, pero no lo aceptó y desapareció de Betel.
Posteriormente enfermó Abías, el hijo del rey, y J. envió a su mujer donde el profeta Ajías, en Siló, quien le había anunciado, en tiempos de Salomón, que sería rey de Israel. La mujer fingió ser otra, pero el profeta, a pesar de su mala visión, la reconoció y le anunció que el niño moriría y que la casa de J. sería exterminada por el pecado que había cometido y por la abominación a la que había llevado al pueblo de Israel, 1 R 14, 1 18. No le bastaron a J. estos signos de Dios para cambiar su conducta, esto es lo que se conoce en varios lugares de la Escritura como el “pecado de J.”. Tras la muerte de J. I, subió al trono de Israel su hijo Nabab, 910-909 a. C., el cual siguió la conducta de su padre. Basá, hijo de Ajías, de la tribu de Isacar, conspiró contra Nadab, lo asesinó en Guibbetom y exterminó a todos los de su casa, según lo anunciado por el profeta Ajías en Siló, por el “pecado de J.”, 1 R 15, 25-31. J. II, rey de Israel, 783-743 a. C., hijo del rey Joás de la dinastía de Jehú.
Siguió la misma conducta de su predecesor J. I en cuanto a la religión.
Continuó la recuperación de los territorios de Israel iniciada por su padre, desde la entrada de Jamat hasta el mar de Arabá, 2 R 14, 23-29.
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