Isaías
profeta, hijo de Amós, personaje éste que algunos identifican con uno de los Profeta Menores del mismo nombre, nació ca. 765 a. C., en una familia aristocrática. Tenía por mujer a una profetisa que le dio hijos, se conocen los nombres proféticos de dos: Sear Yasub, que significa “un resto volverá”, es decir, un resto se convertirá a Yahvéh y se salvará del castigo, 4, 3; 10, 21-23; y Maher Salal Jas Baz, que significa, “pronto saqueo, rápido botín”; predice el saqueo de Damasco y Samaría. Su vocación profética la recibió en el Templo de Jerusalén, en una visión, en el año 740 a. C., cuando murió Ozías, rey de Judá. Anunció la ruina de Israel y de Judá por las infidelidades del pueblo. Su ministerio profético se extendió por cuarenta años, durante los cuales fue creciendo la amenaza de los asirios sobre Israel y Judá; profetizó desde la muerte de Ozías, 781-740 a.C., y en los reinados de Jotam, 740-736 a. C., Ajaz, 736-716 a. C., y Ezequías, 716-687 a. C., reyes de Judá. Igualmente, en el plano internacional, en vida del profeta I. se sucedieron cuatro emperadores asirios, que harán sentir el peso de su poder al pequeño reino de Judá: Teglatfalasar III, 745-727 a. C., Salmanasar V, 726-722 a. C., Sargón II, 721-705 a. C., y Senaquerib, 704-681 a. C. La tradición dice que I. murió ca. 701 ó 690 a. C., martirizado por el rey Manasés, aserrado, de acuerdo con algunos textos apócrifos; en Hb 11, 37, se habla de que muchos a través de la Historia Sagrada sufrieron por la fe este suplicio.
En cuanto al libro de I. es el más extenso de los proféticos y, tal vez, el más admirado por la belleza de su estilo y por su mensaje. Aunque la obra se atribuye a Isaías, la mayoría de los estudiosos concuerdan en que hay varias plumas en él y que quedó completo, como lo conocemos hoy, antes del año 180 a. C. En la obra se pueden distinguir dos partes. La primera, que corresponde a los treinta y nueve primeros capítulos, que son textos originales del profeta, es decir, del I. histórico, que abarcan la segunda mitad del siglo VIII a. C. Esta primera parte recibe el nombre de Primer I. o Proto-I. La segunda parte, seguramente de varios autores, se subdivide, también, en dos, Segundo I. o Deutero-I., y Tercer I. o Trito-I.
El I. histórico como toda la obra, capítulos 1 a 39, es diverso en cuanto a los temas y el estilo, además de que trata sobre distintos períodos históricos. En el inicio se encuentran las requisitorias de I. a los habitantes del reino de Judá, a los de Jerusalén, por la infidelidad, por la violación de la Alianza. I. denuncia la corrupción moral, el relajamiento de las costumbres debidas a la prosperidad material de Judá en los reinados de Jotam y Ozías, y compara a Jerusalén, que se ha hecho adúltera, con las ciudades de Sodoma y Gomorra; denuncias sobre los abusos de las clases altas y la hipocresía religiosa, puesto que el culto se había convertido en un mero ritualismo hueco sin interioridad, en una farsa. Yahvéh aborrece los holocaustos, las oblaciones, los novilunios, las solemnidades, las oraciones, puesto que son mentirosos, ya que “Vuestras manos están de sangre llenas”, 1, 15, esto es, la sangre de los sacrificios de Judá esta mezclada con la de los inocentes y los humildes; quienes hacen las ofrendas, al mismo tiempo tratan con iniquidad e injusticia a sus semejantes, a los más pobres y humildes de la sociedad. I, entonces, anuncia los castigos, previamente les enrostra a los habitantes de Judea todas sus abominaciones idolátricas, “se llenó su tierra de ídolos”, dice el profeta, 2, 6-8; para luego anunciar el día de Yahvéh, cuando todo lo arrasará y el hombre se esconderá ante “presencia pavorosa de Yahvéh”. I. se burla de las vanidosas y orgullosas mujeres de Jerusalén, de sus lujos, “Por cuanto son altivas las hijas de Sión, y andan con el cuello estirado y guiñando los ojos, y andan con pasitos menudos, y con sus pies hacen tintinear las ajorcas, rapará el Señor el cráneo de las hijas de Sión, y Yahvéh destapará su desnudez”, 3, 16-17. El profeta cambia de estilo, y presenta la Canción de la viña, una parábola en la que la viña es Judá y Yahvéh el sembrador, pero al recoger los frutos, no se recogieron uvas sino agraces. Por esto, Yahvéh la convertirá en un erial. De Judá, esperaba Yahvéh justicia, y halló iniquidad; derecho, y se encontró con los alaridos de los pobres, con la sangre de los inocentes. Y pasa a un género muy de los profetas, las maldiciones, cada una de las cuales va precedida de un “¡Ay!”. Luego anuncia la ira de Yahvéh que hará venir a los invasores, una nación poderosa, instrumento suyo de venganza para castigar a su pueblo por las infidelidades. Aquí no identifica al invasor, que puede ser cualquiera de los reyes asirios de la época de I.
Enseguida se encuentra el célebre Libro de ® Emmanuel, capítulos 6 a 12, cuyo transfondo histórico es la guerra siro-efraimita, que comienza con la vocación del profeta, la visión en el Templo: “¿A quién enviaré?, pregunta el Señor. “Heme aquí: envíame”, responde el profeta. I. no quiere que la condenación del pueblo sea definitiva, y pregunta sobre la magnitud del castigo: “¿Hasta dónde, Señor?”. Todo será talado hasta cuando sólo quede un tocón, que será semilla santa, de donde retoñará un árbol nuevo, la salvación, le responde el Señor. La vocación del profeta, 6, que debería ir al comienzo del libro, aquí queda muy bien pues a continuación está la primera intervención pública del profeta. I. Esta se da en el reinado de Ajaz, sucesor de Ozías, un rey joven en una época de inestabilidad política en Judá, un soberano acosado por las amenazas de una invasión extranjera y la anarquía interna. El rey Ajaz, cuando Rasón, rey de Damasco, y Pécaj, rey de Israel, lo presionaron para que formara parte en una coalición que atacaría al rey asirio Teglatfalasar III. Como Ajaz se les negó, la emprendieron contra él y el rey de Judá acudió a los asirios, con lo que les abrió las puertas. I. se opuso a este recurso de acudir a los extranjeros, desconfiando de Dios, quería, por el contrario, una resistencia a Damasco y Samaría apoyada nada más que en Yahvéh, pues como en otras épocas Dios pelea por su pueblo, por esto dice: “¡Alerta, pero ten calma! No temas, ni desmaye tu corazón”, 7, 4. El profeta rechaza las alianzas con los extranjeros por demasiado humanas, y los reyes de Judá deben confiar en Yahvéh. Las coaliciones con otras naciones de nada sirven, pues es Yahvéh quien rige la historia y salva a quienes creen en él. En vista de que no fue oído por Ajaz, I. se apartó de las cuestiones públicas.
Judá entonces, quedó bajo la influencia asiria y aceleró la ruina del reino del Norte, que culminó con la caída de Samaría, en el año 722 a. C., a manos de los asirios, fecha que marca el fin del reino del Norte, tal como consta en el oráculo de I., 7, 8.
En el Libro de Emmanuel en medio de esta situación trágica de Jerusalén, el profeta anuncia una esperanza, el nacimiento de un vástago del tronco de Jesé, de la estirpe de David, el rey Ezequías, hombre justo y piadoso, el Emmanuel, “Dios con nosotros”, y la bendición y protección de Yahvéh a Judá. En esta profecía de esperanza de un reinado de justicia bajo Ezequías, se abre el panorama hacia una esperanza mayor y definitiva, la era mesiánica, que fue ya vislumbrada por el profeta Natán, 2 S 7, de la que continúan hablando los demás profetas. El Libro de Emmanuel termina con un Salmo de acción de gracias a Dios de un ser atribulado al que ha salvado y librado, para finalizar con un canto a la gloria de Yahvéh. Los capítulos 13 al 23 contienen los oráculos contra la naciones extranjeras, género éste común en los profetas. En este grupo de oráculos hay algunos textos que no corresponden al I. histórico, son posteriores, como 13; 14; 21, 1-10; contra Babilonia, la cual no cayó hasta el siglo VI a. C. En estos oráculos, las potencias extranjeras son instrumentos de la ira de Yahvéh, la guerras de Yahvéh ya no son a favor de Israel sino en su contra, con los cuales va llevando a cabo su plan de salvación. pero estas naciones no entienden que son meros instrumentos en las manos del único Señor del universo y cometen el pecado de orgullo. De ahí la sátira del profeta contra Nabucodonosor o Nabonid, rey de Babilonia: “¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Has sido abatido a tierra, dominador de las naciones! Tú que habías dicho en tu corazón: Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión, en el extremo norte”, 14. En los oráculos contra las naciones extranjeras, en este caso con Egipto, I. vuelve a uno de sus temas preferidos, el de su rechazo a las alianzas con naciones extranjeras, como se opuso antes cuando la guerra siro-efraimita.
Ezequías sucesor de Ajaz, era un rey piadoso, llevó a cabo una reforma religiosa, apoyado por I., pero como su antecesor cayó en las intrigas políticas y en las alianzas con potencias extranjeras, en este caso con Egipto en contra de Asiria. I. se opuso y, después de la toma de Asdod por Sargón II, 711 a. C., I. vuelve al silencio. I. En la última fase de su ministerio profético, I. está la historia de finales del siglo VIII a. C., cuando Ezequías pretende con el apoyo de Egipto, Acarón, Ascalón y Babilonia quitarse el yugo asirio, pero Senaquerib, rey asirio, desbarata la coalición, le quita le quita cuarenta y seis ciudades a Ezequías y le impone tributo. En el año 701 a. C., se salva Jerusalén, Senaquerib se retira del sitio que le había puesto, debido a la presión de Egipto y, tal vez, a la peste de que habla el historiador griego Herodoto y que según 2 R 18, 17 ss se debe a un milagro, tal como lo predijo el profeta I. de Senaquerib: “No entrará en esta ciudad”, 37, 33. En el año finales del siglo VIII a. C. Al final de la primera parte del libro de I., el profeta anuncia la destrucción de Jerusalén por los caldeos. La segunda parte del libro, capítulos 40 a 55, corresponden al llamado ® Dutero-I.
Los capítulos 56 al 66 corresponden al Tercer I. Trito-I., que se tienen como obra de uno o varios discípulos del profeta que vivieron y escribieron en la época postexílica, durante la reconstrucción de Jerusalén. En estos capítulos tienen especial énfasis las liturgias y las súplicas penitenciales, los ayunos y la guarda de los sábados. Pero a pesar del ambiente cerrado en Jerusalén postexílico, el profeta, en 56, 18, anuncia que se admitirán en la asamblea, en el Templo, los extranjeros, los eunucos, excluidos antes, Dt 23, 29, con tal de que se mantengan fieles a Yahvéh, “adheridos a Yahvéh para su ministerio, para amar el nombre de Yahvéh, y para ser sus siervos”, 56, 6. En 61, 1, dice el profeta: “El espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvéh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar año de gracia de Yahvéh”, esta buena nueva de que habla en este versículo, no es otra que el Evangelio, texto que cita el mismo Jesús, Lc 4, 18-19, para explicar su venida al mundo, enviado por el Padre.
En el año 1947 en las cuevas de Qumram, a orillas del mar Muerto, se encontró un rollo formado de diecisiete pieles cosidas, que contiene un manuscrito completo de I., que data ca. siglo II a. C., que ha sido de gran utilidad para la fijación del texto, pues hasta entonces se contaba con el texto masotérico y con las versiones.
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