Idolatría
griego eidos, imagen, latreuein, servir. Adoración de una imagen material considerada residencia de un ser sobrenatural. Tributar adoración, rendir culto, servir, a dioses distintos de Yahvéh. Esto también incluye ciertas prácticas paganas como la adivinación, la hechicería, y costumbres como sajarse la carne. Israel estaba rodeado y entró en contacto con pueblos primitivos y grandes civilizaciones antiguas, como la egipcia, la caldea, idólatras, politeistas, que les rendían culto a los astros y a las estrellas, a los animales, a los mismos reyes, como los egipcios; que fabricaban todo tipo de imágenes, ídolos, cipos, estatuas de madera, piedra o metal, para adoración pública, y fetiches domésticos para el culto privado; que levantaban monumentos idolátricos como estelas, santuarios. A estas divinidades se les ofrecían sacrificios de animales, libaciones y oblaciones, y se celebraban banquetes, y algunos pueblos llegaron hasta el punto de inmolar víctimas humanas en su honor. Se encuentran prácticas como la prostitución sagrada, esclavos, servidores, de los santuarios, hombres y mujeres, dedicados esta actividad, con cuyas ganancias se sostenía el culto, los llamados ® hieródulos. Cuando Yahvéh establece la alianza con su pueblo le hace la primera exigencia en el Decálogo: “No tendrás otros dioses fuera de mí”; prohibe hacer imágenes, postrarse ante ellas y darles culto; Yahvéh dice, antropomórficamente, que es un Dios celoso, es decir, que sólo a él se le debe adoración, por esto rechazaba las alianzas de Israel con otros pueblos, Ex 20, 3-5; 34, 14-16; Dt 4, 35; 5, 7-10; 6, 14-15; Jos 24, 19-20; Na 1, 2. Igualmente, cualquier sacrificio que se ofreciese debía llevarse a la entrada de la Tienda del Encuentro, so pena de ser excluido de la parentela, Lv 17, 8-9. A pesar de la prohibición, el pueblo israelita idolatró repetidas veces, como en el desierto, cuando Aarón hizo fundir un becerro de oro, Ex 32, 4-6. Una vez entraron los israelitas en la tierra de Canaán, se encontraron con el culto a Baal y a otros dioses, y fueron infieles a Yahvéh, contra lo cual lucharon denodadamente los profetas, Jc 2, 11; 3, 7; 8, 33; 10, 6 y 10; 1 S 7, 4; 12, 10; 1 R 18, 18; 2 Cro 24, 7; 28, 2; 33, 3; 34, 4; Sal 106 (1’5), 28; Jr 9, 13; Os 2, 15 y 19; 11, 2. Los profetas constantemente insistieron en que los ídolos no son más que hechura de la mano del hombre e ironizaron sobre cómo los pueblos se postraban ante estas falsedades y vanidades, Is 2, 8 y 20; 31, 7; 40, 1920; Jr 2, 5; 10, 3-15; Ha 2, 17-20.
En el N. T. este problema continúa, y San Pablo les dice a los gentiles, en su predicación, que esos ídolos a los que antes servían no son dioses, Ga 4, 8; por el contrario, son ídolos mudos, 1 Co 12, 1; representaciones corruptibles, Rm 1, 23; de suerte que, como son nada, el culto no es a los ídolos sino a los demonios, 1 Co 8, 4-13; 10, 19-22; y con respecto a comer de lo sacrificado a los ídolos, Pablo dice que todo es lícito, pero no todo conveniente; para el consume ese alimento puede no ser un problema de conciencia, pero para otro sí, por tanto se debe abstener para no escandalizar al hermano, 1 Co 10, 23-33. Por otra parte, el dominio imperial de Roma en la época, exigía a los súbditos de sus colonias el culto al emperador, considerado un dios, lo que afectó a los cristianos desde los tiempos apostólicos. Como los fieles cristianos se negaban a reconocer este carácter divino de los césares, aquéllos eran considerados subversivos, lo que desató la persecución y el martirio de muchos creyentes. El ® Apocalipsis de San Juan trata este problema y está destinado a levantar el ánimo de los cristianos y a afianzar la fe en medio tanta violencia contra la Iglesia.
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