Humildad
latín humilitas. Es bajarse, rebajarse, de humillar, esto es, doblar, bajar, rebajar. Este término se le aplica en el A. T. al pobre, al desvalido, al oprimido, al que sufre, Dt 24, 14; 1 S 2, 8; Sal 12 (11), 6; 74 (73), 21; 82 (81), 3; Pr 16, 19; 22, 22; Si 29, 8. También es una virtud que resulta del sentimiento de nuestra bajeza ante Dios. Por esto se dice que “Yahvéh enriquece y despoja, abate y ensalza. Levanta del polvo al humilde alza del muladar al indigente para sentarlo junto a los nobles”, 1 S 2, 7-8. La h,, por tanto, significa sumisión y confianza, es decir, fe, en Yahvéh, para soportar las pruebas que le pone al hombre, como la que tocó a Abraham cuando le pidió sacrificar a su propio hijo Isaac; para no engreírse y ensoberbecerse en la prosperidad, como el mismo Yahvéh se lo recuerda a su pueblo, pues la elección, la promesa de la Tierra Prometida y la Alianza provienen del amor puro de él, de lo cual el hombre no puede olvidarse, Dt 8, 7-20.
En el N. T. el concepto de h. es el mismo, y Cristo se pone a sí mismo como ejemplo de h., pues siendo el Hijo de Dios, se sometió a la condición humana, se encarnó, y a los padecimiento de la cruz, por lo que dijo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”, Mt 11, 29.
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