Gozán
región y ciudad en el extremo norte de Mesopotamia, cerca de Jarán, a orillas del río Jabor. A Jalaj, en la región de G., deportó Salmanasar V, rey de Asiria, a los israelitas, tras la caída del reino del norte, después de un cerco de tres años a la ciudad de Samaría, que fue conquistada ca. 721 a. C., en el año noveno del reinado de Oseas en Israel; sin embargo aquí se trata del rey Sargón II, sucesor de Salmanasar V, 2 R 17, 6; 18, 11. Teglatfalasar III, o Pul, había llevado a cabo la primera deportación a Asiria de israelitas, después de la conquista varias ciudades de Israel en su guerra contra Filistea, en el 734 a. C., y la campaña contra Damasco, 733-732 a. C., 2 R 1, 29; 1 Cro 5, 26. Gracia, don gratuito de Dios al hombre, a pesar de sus faltas, de su infidelidad. G. es la promesa de Dios a Adán y Eva, tras la caída, de una salvación lejana, cuando Yahvéh maldice a la serpiente: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”, Gn 3, 15; texto llamado el Protoevangelio, primer anuncio mesiánico. En época de Noé la corrupción cundió en la humanidad, y Dios decidió castigarla con el diluvio, del cual se salvó Noé, junto con su familia y los animales que Dios le ordenó llevar en el arca. Pasado el diluvio, de nuevo la g. de Dios, por puro amor al hombre establece alianza con Noé: “Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada la vida por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra”, Gn 9, 8-11. G. es el llamado que Dios le hace a Abraham y la promesa de la Tierra prometida y una descendencia, renovada a Isaac y Jacob de generación en generación. G. es la elección que hace Yahvéh, por puro amor, del pueblo de Israel, para hacerlo su pueblo, garantizada por una alianza, también ésta una g., puesto que la misma no se establece entre pares, ya que Dios no la necesita. La g. es un favor de Dios, “No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahvéh de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres... Ha de saber, pues, que Yahvéh tu Dios es el Dios, el Dios fiel que guarda su alianza y su favor por mil generaciones con los que le aman y guardan sus mandamientos”, Dt 7, 7-9. Dios le da al hombre su Ley, sólo le exige fidelidad, que, sin embargo, éste rompe constantemente; Dios castiga, otorga la g. del perdón, mantiene viva la g. de la promesa, mantiene la alianza: “Pero incluso cuando estén ellos en tierra enemiga, no los desecharé ni los aborreceré hasta exterminarlos y romper mi alianza con ellos, porque yo soy Yahvéh, su Dios: me acordaré, en su favor, de la alianza que hice con sus padres, a quienes saqué de la tierra de Egipto, ante los ojos de las naciones, para ser su Dios. Yo Yahvéh”, Lv 26, 45-46; Dt 4, 29-31. Y el ser humano vuelve a caer, hasta llegar a Jesús, hacia donde apunta la historia de la salvación.
En el N. T. María es llamada por el ángel de la anunciación “llena de g.,”, “has hallado g. delante de Dios”, Lc 1, 28-30; es decir, que el Señor le ha concedido su favor, será la madre de Jesús, en hebreo Yehosu’a, esto es, Yahvéh salva, en quien estará la g., “pues él salvará a su pueblo de sus pecados”, Mt 1, 21; él será Enmanuel, es decir, Dios con nosotros, como lo dijo el profeta, Is 7, 14; 8, 8 y 10. En el N. T. la g. está en la venida de Cristo, quien realiza la nueva alianza, la presencia de Dios para la salvación del hombre, “Unigénito lleno de g. y de verdad”; a la Ley le sucede el amor de Dios manifestado en Cristo, “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo”, Jn 1, 14-17; Rm 5, 2; Tt 4, 4-7. El ser humano debe hacer un acto de humildad ante Dios y reconocer que por sí mismo nada puede, la g., es decir, la salvación le viene de Cristo, que lo redimió con su muerte en la cruz, con cuya sangre se selló la nueva alianza, Rm 3, 24; Tt 2, 11-14; por esto, San Pablo se llama a sí mismo “el último de los apóstoles... Mas, por la g. de Dios, soy lo que soy”, 1 Co 15, 910; Ef 3, 8; “Todo lo puedo en Aquel que da fuerzas”, Flp 4, 13, dice de Jesús el Apóstol. La g. es un don gratuito de Dios, es pura misericordia y amor de Dios, por lo que nadie puede vanagloriarse, Ef 2, 4-10; “El que se gloríe, gloríese en el Señor”, Rm 1, 29-31.
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