Gloria
es la manifestación de los atributos de Dios. Del poder de Dios, como cuando sacó a los israelitas de Egipto: “Yo haré que el faraón se obstine y os persiga; entonces manifestaré mi g. sobre el faraón y sobre todo su ejército, y sabrán los egipcios que yo soy Yahvéh”, Ex 14, 4/17/ 18. En el A. T. la g. de Dios es la manifestación sensible de la presencia divina, como en el fuego en la cumbre del monte Sinaí ante los israelitas, Ex 24, 17; Dt 4, 36; 5, 24; la nube en el desierto, Ex 16, 10; cuando Moisés terminó los trabajos del Santuario, Yahvéh tomó posesión de él: “La Nube cubrió entonces la Tienda del Encuentro y la g. de Yahvéh llenó la Morada”, Ex 40, 34-35; igual sucedió en el Templo de Salomón; por lo que el rey dijo: “Yahvéh puso el sol en los cielos, pero ha decidido habitar en densa nube”, 1 R 8, 10-12. Ezequiel en su visión ve cómo la g. de Yahvéh abandona Jerusalén antes de su asedio y destrucción, Ez 9, 3; 10, 4 y 18-19; 11, 22-23; y retorna al nuevo Santuario, Ez 43.
En el N. T. el verdadero reflejo de la g. de Dios es Jesús, su hijo, Hb 1, 3; en él hemos contemplado la g. de Dios, Jn 1, 14. La g. de Jesús se manifestó en los signos que hizo, el primero de los cuales fue el llevado a cabo en las bodas de Caná, Jn 2, 6-11; en la resurrección de Lázaro, Jn 11, 4; sin embargo, estos signos son una pequeña muestra de su g., mientras llega su plena manifestación con la resurrección, como les dice Jesús a los judíos, de manera figurada, sin que lo entendieran, cuando le pidieron un signo; “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré”, Jn 2 , 18-19; y es que Jesús, según el oráculo del profeta, Is 52, 13, debía ser levantado, morir en la cruz, para volver al Padre, de donde había venido, y a la g. que tenía a su lado, “antes que el mundo fuese”, Jn 17, 5. Con la ascensión, Jesús fue glorificado y está “sentado a la diestra de Dios”, Mc 16, 19; Lc 22, 69; Col 3, 1; Rm 8, 34; Hb 12, 2. Esteban, cuando iba a ser lapidado, vio la g. de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios, Hch 5, 55-56. El cristiano justificado por la fe, está llamado a la g., Rm 5, 1-2;de suerte que los sufrimientos presentes son nada comparados con la g. que se ha de manifestar en el creyente, la resurrección, Rm 8, 18-23; 1 Ts 4, 13-18; la herencia de los santos, Ef 1, 18; la vida eterna, Tt 1, 2; la visión de Dios, 1 Jn 3, 2; la salvación, 1 Ts 5, 9. Por la redención llevada a cabo por Jesús en la cruz, el creyente refleja como en un espejo la g. del Señor, se va transformando en esa misma imagen cada vez más glorioso, el cristiano se transforma por el Espíritu en una imagen cada vez más perfecta de Dios en Cristo, 2 Co 3, 18. G. también, es la alabanza que el hombre rinde a Dios por su infinita grandeza y bondad, como las ® doxologías que se encuentran en las Escrituras. Hay en éstas exhortaciones a alabar la g. de Dios, Sal 29 (28), 1-2; 95 (94), 6; 96 (95), 7-8; 149, 5; 150.
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