Gentiles
hebreo goyim, griego ethne, gentes, naciones. Con este término, generalmente usado así, en plural, se designa a las gentes o los no judíos, que no pertenecían al pueblo elegido, a los incircuncisos. Se consideraban g. a los que no eran de la religión judía, por lo que existían leyes rigurosas a fin de no permitir la contaminación de los israelitas con la idolatría y el paganismo de otras naciones, Jc 14, 3; 15, 18; 1 S 14, 6; 31, 4; 2 S 1, 20; 1 Cro 10, 4. En el Deuteronomio, se dice que no será admitido en la asamblea el bastardo, como se traduce el término hebreo mamzer, que según algunos exégetas, se refiere al descendiente de la unión matrimonial de israelita con extranjero; tampoco se admitirá ni el ammonita ni el moabita, Dt 23, 3-4; Esd 9, 10-12; Ne 10, 31; 13, 23-27; Ez 44, 7-9. El Salmista llama g., a Nabucodonosor, rey de Babilonia, a los caldeos, arameos, ammonitas y edomitas que profanaron el Templo y saquearon la ciudad de Jerusalén, en el año 587 a. C., Sal 79 (78), 1; el profeta Jeremías, en el libro de las Lamentaciones, los llama paganos, sinónimo en las Escrituras de g., Lm 1, 10. En el templo de Herodes, aún en los tiempos de Jesucristo, se leía una inscripción en griego, que identifica al gentil con el extranjero: “Ningún extranjero penetre en el interior de la balaustrada y del recinto que rodean el santuario. El que sea sorprendido, a nadie deberá acusar más que a sí mismo de la muerte que será su castigo”.
Cuando una mujer cananea pagana y, por tanto, gentil, se acercó a Jesús pidiéndole que curase a su hija endemoniada, le responde: “No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, Mt 15, 24; y al encomendarles a los discípulos su misión en el mundo les dice “No toméis camino de los gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos: dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, Mt 10, 5; es decir, que los judíos deben recibir en primer lugar el ofrecimiento de la salvación, Mc 7, 27. Sin embargo, como los judíos infieles rechazaron el llamado a la salvación, los g. ocuparán su lugar, “y vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios”, Lc 13, 22-30. En los tiempos apostólicos, palabras parecidas les dice Pablo a los judíos, que contradecían al Apóstol, cuando éste predicaba en la sinagoga, en Antioquía de Pisidia: “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los g.”, Hch 13, 44-46. Después de resucitar, Jesús se aparece a sus discípulos y les envía con esta misión universal, en la cual está el llamado a los g. a participar de la promesa: “haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, Mt 28, 19; Mc 16, 15-16; Lc 24, 47. Esto indica que los g. no estaban excluidos de la promesa, San Pablo los llama “Coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio”, Ef 3, 9. Por la sangre de Cristo se ha llevado a cabo la reconciliación entre judíos y g. y la de todos los hombres con el Padre: “Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro divisorio”; por Cristo, “unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu”, Ef 2, 11-22; es decir, todos los hombres por la fe en Cristo son hijos de Dios, los bautizados se han revestido de Cristo, ya no hay, por tanto, distinción alguna, ya no hay judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos; si todos son de Cristo, son descendencia de Abraham, “herederos según la promesa”, 1 Co 12, 13; Ga 3, 26-29; Col 3, 10-11.
A pesar del carácter universal del llamado de Jesús a participar de la promesa, inicialmente hecha al pueblo escogido, Israel, se presentaron en los primeros tiempos de la Iglesia dificultades y controversias entre los judeocristianos, circuncidados, y aquellos g., incircuncisos, que se convirtieron al cristianismo; estas diferencias alcanzaron, igualmente, a los apóstoles, Ga 2, 11-21. En Jerusalén los fieles encabezados por Santiago se mantienen dentro de la Ley judía, Hch 15, 1-5; 21, 17-25.
Los llamados “helenistas” con Esteban a la cabeza, piensan que no es necesario mantenerse dentro de antigua Ley. Estas diferencias con respecto a la Ley de Moisés y a la manera de acceder los g. a la salvación, originó la reunión de la asamblea Jerusalén, donde los apóstoles Pedro y Pablo, sobre todo éste último, hacen que se acoja su pensamiento de que sólo por la fe en Cristo se obtiene la salvación, con lo que los g. quedan liberados de las ataduras de las obligaciones mosaicas, de la impurezas legales, de la circuncisión. Pedro, en su discurso a la asamblea, dice de los g.: “Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros, pues purificó sus corazones con la fe”, Hch 15, 7-11; según le había dicho a Pedro la voz del cielo en el éxtasis que tuvo en casa de un tal Simón, en Joppe: “Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano”, Hch 10, 15; y es que, posteriormente, el Espíritu Santo cayó sobre los que escuchaban la palabra de Pedro, g., en casa del centurión romano Cornelio, en Cesarea, y los mandó bautizar, sin más requisitos, siendo Cornelio el primer gentil en recibir el bautismo. En tal reunión dijo el apóstol Pedro sobre los g.: “¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?”, Hch 10, 44-48. La asamblea de Jerusalén concluyó sobre los g. convertidos a la fe en Jesús, no exigirles más cargas que el abstenerse de las carnes de los animales sacrificados por los g. a los ídolos, y en tal sentido se escribió a las demás iglesias, Hch 15, 19-29.
San Pablo fue llamado “Apóstol de los g.” ya el Señor se lo dijo a Ananías cuando le ordenó ir a casa de Judas, en la calle Recta, en Damasco, en búsqueda de Saulo de Tarso, tras haber sido éste derribado del caballo por Dios, camino de esta ciudad: “Vete, pues éste me es un instrumento elegido para llevar mi nombre ante los g., los reyes y los hijos de Israel”, Hch 9, 15. En el discurso a los judíos, en Jerusalén, Pablo recuerda los acontecimientos de su conversión y cómo Ananías le anunciaba de parte del Señor que le sería testigo ante todos los hombres de lo que había visto y oído. Continúa Pablo diciendo como después, estando en el Templo de Jerusalén en oración, cayó en éxtasis y el Señor le dijo: “Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los g.”, Hch 22, 1-21; 26, 17. En la epístola a los Gálatas, Pablo cuenta cómo perseguía a los cristianos y cómo era su celo en guardar la Ley y tradiciones de sus padres, educado dentro del pensamiento fariseo, y cómo Dios lo separó desde el seno materno y le reveló a su Hijo para que lo anunciase ante los g., Ga 1, 16; 2, 2; “A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los g. la insondable riqueza de Cristo”, Ef 3, 8. Esta misión entre los g. le fue encomendada oficialmente a Pablo por los apóstoles Santiago, Pedro y Juan, Ga 2, 7-9.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.