Diezmo
décima parte de las ganancias que se entregaba antiguamente a los reyes y entre los israelitas parte dedicada a Dios con el fin de mantener el culto y a los sacerdotes, pues éstos no tenían heredad. En las guerras, se apartaba el diezmo del botín, de los despojos, para el Señor, tal como lo hizo Abraham cuando venció a los cuatro reyes y le entregó al sacerdote Melquisedec el d. de todo, Gn 14, 20. Por lo general, el d. se pagaba anualmente, de lo que se cosechaba de la tierra, de los frutos de los árboles, de la cría de animales y del producido de todo trabajo, Gn 28, 22; Lv 27, 30-34; Nm 18, 20-32. En algunos casos se admitía pagar el d. en dinero, como también cada tres años el d. no sólo se entregaba a los levitas, sino que igualmente se destinaba a los forasteros, a los huérfanos, a las viudas y a la gente pobre, Dt 14, 24-29; 26, 12-15. Cuando el pueblo de Israel pidió un rey que lo gobernara, Samuel le puso de presente los inconvenientes de la monarquía, entre ellos, el que se le debía pagar el d. Al monarca para el sostenimiento de sus servidores, 1 S 8, 15-17. Cuando el rey Ezequías hizo la gran reforma religiosa, todo el pueblo entregó el diezmo para el santuario, 2 Cro 31, 5-6. Tras el regreso del destierro en Babilonia, el pueblo israelita se comprometió a entregar el d., además de otros donativos, para la reconstrucción Templo y el sostenimiento de los ministros y la reiniciación del culto, Ne 10, 38-39; 13, 12.
En el N. T. Cristo increpa a los a los escribas y fariseos por su celo hipócrita en el pago del d., pues lo hacían hasta por las plantas más insignificantes, como lamenta y el comino, mientras se olvidaban de lo fundamental de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe, Mt 23, 23-24; Lc 11, 42; 18, 12.
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