Deuteronomio
griego deuteros, segunda, y nomos, ley. Quinto libro del A. T. y último del Pentateuco o Torá, Los cinco libros de Moisés. D., o Segunda Ley, es el nombre que le da la versión griega de la Septuaginta; sin embargo, no corresponde a su contenido, puesto que no se trata de una nueva legislación o segunda ley, ni una simple repetición del código de la alianza, que está en Ex 21 a 23, sino más bien de un conjunto de homilías sobre el amor a la Ley, la reiteración de la misma y la exhortación a su cumplimiento, así como sobre la gratitud por la dádiva de la Tierra Prometida, que significa la libertad del pueblo israelita, pues ha pasado de la oscuridad de la esclavitud en Egipto a la luz. Los judíos toman la primera palabra del texto para titular el libro, Debarim, que significa palabras, como se lee al comienzo: “Estas son las palabras que dijo Moisés a todo Israel al otro lado del Jordán”, Dt 1, 1. Aunque en los libros del Pentateuco no se expresa que sea Moisés su autor, la tradición así lo ha considerado, y en el caso del D., hay que decir que en él se narra la muerte de Moisés, Dt 34, 1-8, lo que indica que no es de su autoría. Seguramente, el D. surge del círculos de levitas del reino de Israel, fieles al yahvismo, a la pureza de la religión, en contraposición al sincretismo propio de los soberanos de Samaría. Tras la destrucción del reino de Israel, en el año 721 a. C., estos levitas pasaron al sur, donde se habían corrompido las costumbres, donde se dio, por esta razón, la gran reforma religiosa del rey Josías, 640-609 a. C., basada, precisamente, en el manuscrito de la Ley encontrado en el Templo, 2 R 22; 2 Cro 34, que algunos estudiosos de las Escrituras consideran la primera redacción del D., y la primera canonización. El “libro de la Ley”, como se le llama en 2 S 22, 8, o “libro de la alianza”, como en 2 S 23, 2 y 21, tal vez estuvo escondido durante el reinado del impío Manasés, 687-642 a. C.
En la estructura del D. podemos ver estas partes: una introducción histórica, primer discurso de Moisés, recapitulación de los hechos sucedidos en el éxodo, la estancia en el Sinaí, la partida de los israelitas desde aquí hasta la llegada a los territorios de Moab, donde se recuerdan los beneficios del Señor concedidos a los que le han sido fieles, capítulo 1 al 4. En los dos capítulos siguientes se encuentra el segundo discurso de Moisés, introductorio del Código deuteronómico, y, como en el primero, rememora hechos históricos, como la teofanía en la montaña del Horeb y los diez mandamientos, así como la exhortación a cumplirlos.
Luego del capítulo 7 al 26, se encuentra la legislación cultual, criminal, familiar y social, es decir, el gran Código deuteronómico, el texto de la Alianza, a manera de documento contractual, según el cual, si los israelitas cumplen los mandamientos y preceptos de Yahvéh, ellos serán su pueblo y él, entonces, será su Dios. En el capítulo 27 y el 28, están las bendiciones y maldiciones; en un rito, las doce tribus se dividen en dos grupos, uno de los cuales se hará en el monte Garizim para decir las bendiciones al pueblo; el otro, en el monte Ebal, para las maldiciones.
Los levitas dirán en voz alta cada una de las maldiciones y el pueblo responderá “amén”. Si los israelitas guardan los mandamiento de Yahvéh, recibirán la recompensa, de lo contrario les sobrevendrán los males, que aquí se expresan en lenguaje profético, recordando la esclavitud en Egipto y anunciando una nueva cautividad. Del capítulo 29 al 34, se encuentran los últimos discursos y hechos de la vida de Moisés; la investidura de Josué por Yahvéh como sucesor de Moisés; el mandato a los sacerdotes de hacer la lectura pública de la Ley cada año sabático, en la Fiesta de los Tabernáculos; el Cántico de Moisés, en el que se exalta el poder del Dios de los israelitas, único Dios verdadero, así como también se proclama la perfección de cuanto ha hecho el Señor; las bendiciones de Moisés a las doce tribus, que es el testamento, como lo fueron las bendiciones de Jacob a sus hijos, Gn 49; y, por último, la muerte de Moisés, en el país de Moab, sin haber entrado en la Tierra Prometida, de la que sí tomó posesión el pueblo de Israel.
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