Desposar
latín sponsare, contraer esponsales, prometer. En muchos casos los padres se encargaban de los desposorios de sus hijos, como Abraham, quien mandó a su mayordomo para que le buscara esposa para su hijo Isaac, Gn 24, 1-4; sin embargo, a Rebeca, la que sería esposa de Isaac, le fue consultado su pensamiento acerca de la propuesta de matrimonio, lo que indica que también se podía elegir la pareja, Gn 24, 57-58; Judá escogió para su hijo primogénito Ner a Tamar como esposa, Gn 38, 6. Una vez hecho el compromiso, el novio debía pagar la dote, mohar, en hebreo, por la novia al padre o a la familia de ésta, Gn 34, 12; 1 S 18, 25.
Seducir a una virgen no desposada y acostarse con ella implicaba para el varón pagar la dote y tomarla por mujer, Ex 22, 15; Dt 22, 28-29. Si una mujer virgen prometida a un hombre, se acuesta con otro hombre, ambos serán apedreados, Dt 22, 23-24.
En las Sagradas Escrituras encontramos una alegoría de los desposorios de Yahvéh con su pueblo, para expresar su alianza con Israel. Yahvéh es el esposo, el novio fiel; el pueblo de Israel, la esposa, la novia, infiel. El profeta Oseas es el primero en emplear esta imagen literaria, la infidelidad de Israel, la esposa, que se entrega a los amantes, los dioses extranjeros; sin embargo, Dios, el esposo fiel, dice que la seducirá de nuevo, Os 2, 4-22. Esta misma imagen emplea el profeta Jeremías, cuando dice que Yahvéh se acuerda de los amores de juventud en el desierto, con el pueblo de Israel, Jr 2, 2 y 32. El profeta Ezequiel nos muestra a Israel como una muchacha abandonada de la que Dios se enamora y la hace suya, Ez 16, 8. Igualmente, el profeta Isaías acude a esta alegoría, Is 54, 4-6; 62, 4-5.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.