Demonio
griego daimôn y diabolos, latín dæmon y dæmonium. Los términos griegos son usados por la Septuaginta para traducir la palabra hebrea satan, el satán, que significa, acusador, calumniador, el tentador, enemigo, el que trata de apartar a los humanos de Dios, y, por tanto, enemigo de ambos. En el Génesis, el d. es la causa del pecado del hombre, cuando, en forma de serpiente sedujo a Adán y Eva en el paraíso, Gn 3; y por el diablo entró la muerte al mundo, Sb 2, 4. En las culturas antiguas, los demonios eran seres similares a los dioses y, por ende, con poderes sobrehumanos para causar al hombre males. En las Sagradas Escrituras, no se encuentra un término genérico para referirse a estos seres, incluso los autores bíblicos, por lo general, consideran los males como provenientes de Dios, por ejemplo, enfermedades como la tisis, fiebre, Lv 26, 16; Dt 28, 22; 32, 24; Sal 106 (105), 15; la peste, sobre los animales y los humanos, Ex 5, 3; 9, 3 y 15; Lv 26, 25; Nm 14, 12; Dt 28, 21; 32, 24; Sal 78 (77), 50; 91 (90), 6, en este versículo se habla de la peste y el azote que devasta el mediodía, y algunas versiones traducen “del demonio del mediodía”; Ha 3, 5. A veces se habla de un ángel exterminador, enviado por Dios, como el que hirió a los egipcios, Ex 12, 23; como sucedió cuando David hizo el censo de los israelitas, instigado por Satán, según el Cronista, 2 S 24, 10-17; 1 Cro 21, 1 y 15; en el campamento asirio también apareció el ángel exterminador que hizo estragos en la tropa, 2 R 19, 35. También se menciona el espíritu malo que posee al hombre, incluso se le denomina “espíritu malo de Yahvéh”, pues para los hebreos todo proviene de Dios, como le ocurrió al rey Saúl cuando el espíritu de Yahvéh lo abandonó, por no cumplir sus órfenes, 1 S 16, 14-16; 18, 10; 19, 9. En la antigüedad existían muchas creencias populares en seres o espíritus malignos, que influyeron en los israelitas, y para protegerse de su mala influencia abundaban los ritos y actos mágicos, hasta el ofrecimiento de sacrificios humanos; entre éstos, hallamos en los textos bíblicos, los elohîm, que son los espíritus de los muertos, espectros, invocados por los nigromantes, 1 S 28, 13; 1 R 21, 6; Is 8, 19; esta práctica, sin embargo, era prohibida rotundamente por la Ley, Lv 19, 31; 20, 6-27; Dt 18, 11; los sedim, considerados verdaderos demonios, Dt 32, 17; Sal 106 (105), 37; los se‘irîm, seres peludos, sátiros, machos cabríos, habitantes de las ruinas, de los lugares desiertos y alejados, entre ellos Azazel, Lv 16, 8; 17, 7; 2 Cro 11, 15; Is 13, 21; 34, 12-14; Lilit, es otro d. hembra también asociado con los lugares áridos, desiertos, Is 34, 14. En el libro de Tobías, se menciona a Asmodeo, un d. violento, enemigo de la unión conyugal, que mata al que intente unirse en matrimonio con una mujer, como les sucedió a los pretendientes de Sarra, que a la postre fue la mujer de Tobías, tras vencer éste al d., Tb 3, 8; 1617; para exorcizar un demonio o espíritu malo, según le dijo el ángel Rafael al joven Tobías, se quema el corazón o el hígado de un pez, para que el humo lo ahuyente, junto con la oración, Tb 6, 8 y 17-18; 8, 2-3. El judaísmo posterior y los primeros escritores de la Iglesia creyeron que el origen de los demonios estaba en la unión de los ángeles con las hijas de los hombres, los nefilîm, Gn 6, 1-4; o en los ángeles que se rebelaron contra Dios, Is 14, 13; Ez 28, 1; cuyo pecado es el orgullo y la lujuria. En el libro de Job, Dios permite que Satán pruebe la fidelidad de su siervo ante el infortunio, pero aquí se establece que los males vienen del d.
Satán forma parte de la corte celestial y recibe de Dios el poder de acusar al hombre, de causarle males para probarlo, Jb 1, 6-12; 2, 1-7; igual se lee en Za 3, 1-7.
En el N. T. el d. es el enemigo malo, el malvado, el tentador, el acusador, el seductor, como la serpiente del Génesis, Ap 12, 9; Juan lo llama “homicida desde el principio... mentiroso”, Jn 8, 44; es el “príncipe de este mundo”, y “el mundo entero yace en poder del maligno”, Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11; 1 Jn 5, 19; el apóstol Pablo le dice “el dios de este mundo”, 2 Co 4, 4; pero al ser Jesús elevado en la cruz, cesa la dominación del maligno, Ap 12, 10; 20, 2-10. Jesús, después de un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, fue tentado por el d., en el desierto, Mt 4, 1; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13. Los demonios, espíritus inmundos, poseen a los hombres, y Jesús los expulsa, Mt 9, 32; Mc 1, 23-28; 5, 120; 9, 17-25; pero los enemigos de Jesús, los fariseos, contradiciéndose ellos mismos, le acusan de expulsarlos por ® Beelzebul, príncipe de los d., Mt 12, 22; Mc 3, 22; Lc 11, 15; y de estar él mismo poseído por ellos.
Pero Jesús su adversario, los vence, Mc 1, 34; 7, 26-30. Jesús les dio a los apóstoles autoridad sobre los demonios y poder para expulsarlos, Mt 10, 8; Mc 6, 13; Lc 9, 1. El apóstol Pablo dice, figuradamente, que es necesario revestirse con las armas de la fe, para apagar los dardos encendidos del maligno, Ef 6, 11-17; hay que guardarse de los falsos doctores, que enseñan doctrinas diabólicas, para lo cual es necesario ejercitarse en la piedad y permanecer en la palabra de Dios, pues satanás se disfraza de ángel de luz, 2 Co 11, 13-15; 1 Tm 4, 1; 5, 15. Los apóstoles exhortan constantemente a los fieles a la sobriedad, a la continencia y a permanecer vigilantes, para poder vencer al d., pues el adversario “ronda como león rugiente, buscando a quien devorar”, y no hay que darle ocasión de actuar, 1 P 5, 8-11; 1 Co 7, 5; Ef 4, 27; St 4, 7.
Dios le permite al d. tentar al hombre a sus santos, pero su fin está próximo, Ap 12, 12; 13, 7, para que los que tienen fe y son fieles lo venzan unidos con Jesucristo, St 1, 12; Ap 2, 26; 3, 12 y 21; 21, 7. Al final, el d. será aplastado por Dios, Rm 16, 20; el Señor lo destruirá con el soplo de su boca y el resplandor de su venida, 2 Ts 2, 8; el d. y sus ángeles serán precipitados “en los abismos tenebrosos del Tártaro”, 2 P 2, 4; Judas 6; o al fuego eterno, como se lee en Mt 25, 41.
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