Decálogo
griego oi déka lógoi, traducción de la versión Septuaginta del hebreo ‘aseret haddbebarîm, que significa las diez palabras, como se lee en Ex 34, 28; Dt 4, 13; 10, 4; aunque el texto de las Escrituras no hace una enumeración de los mandamientos. Los mandamientos se refieren a las obligaciones resultantes de la Alianza establecida entre Dios y el Hombre, por intermedio de Moisés. Esta Alianza de tipo contractual se dice que fue escrita en dos tablas, Dt 5, 22, lo que no indica que una parte estaba en una tabla y el resto en la otra. Más bien significa que se escribían dos copias que eran dejadas en el santuario por los que se obligaban a cumplirla, en este caso el pacto entre Yahvéh y el pueblo de Israel, en el Sinaí. La enumeración de los mandamientos varía, según la tradición postbíblica de que se trate, Así, los judíos tienen como primer mandamiento, lo que otros consideran el prólogo del d., “Yo, Yahvéh, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre”, Ex 20, 2. Los luteranos y católicos consideran primer mandamiento “No habrá para ti otros dioses delante de mí”, Ex 20, 3-6.
Los ortodoxos dividen este verso en dos: “No habrá para ti otros dioses delante de mí” y “No te haréis escultura ni imagen alguna”. Tanto en la tradición luterana como en la católica, se divide en dos el último mandamiento: “No codiciarás la casa de tu prójimo” y “No codiciarás la mujer de tu prójimo”, Ex 20, 17. Otras tradiciones tienen este último como un solo mandamiento. Los mandamientos se formulan en forma negativa, excepción hecha de los referidos al sábado y al deber del honor para con los progenitores.
Hay en la Escritura dos formulaciones del d., una en Ex 20, 2-17 y la otra en Dt 5, 6-21, entre las cuales existen algunas diferencias, y la segunda tiene algunas adiciones, así: en los mandamientos sobre el sábado y sobre los padres, “como te lo ha mandado Yahvéh, tu Dios”, Dt 5 12 y 16. En el mismo mandamiento sobre el sábado, también se añade “ni tu buey ni tu asno...; de modo que puedan descansar, como tú, tu siervo y tu sierva”, Dt 5, 14. La justificación de guardar el sábado es distinta en las dos formulaciones del d., en el Éxodo lo es el descanso de Yahvéh el día séptimo, después de crear el mundo, día santificado por el Señor, Ex 20, 11; en el Deuteronomio, lo es la liberación de la esclavitud de Egipto, Dt 5, 15, por lo que debe ser un día de alegría en que los siervos y los extranjeros descansan del trabajo fuerte, es el memorial de la liberación y la exaltación del Dios liberador; y esta adición se dio posteriormente, cuando el sábado ya había adquirido toda su importancia para los judíos, en la época postexílica, cuando guardar el sábado se convirtió en algo distintivo de los judíos, Ne 13, 15-22; 1 M 2, 32-41. Sin embargo, este mandamiento sobre el sábado se convirtió en una camisa de fuerza legalista, estrictamente formal, Mt 12, 1-8; Lc 13, 10-17; 14, 1-6. En Ex 20, 17, se distingue entre la mujer y los bienes materiales de prójimo, mientras en Dt 5, 21, la mujer es parte de esos bienes del prójimo. Ambos textos contienen, a pesar de sus diferencias, la fe fundamental, moral y religiosa de la Alianza de Yahvéh con su pueblo de Israel, y proceden de una fuente primitiva más concisa y de origen mosaico.
En cuanto a los mandamientos en el N. T. se debe decir que no existe contradicción alguna, ya el mismo Cristo lo dijo en el sermón de la montaña: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a dar cumplimiento”, según otras versiones: “a perfeccionarla”, Mt 5, 17. De manera gráfica, Jesús, usando la figura de los signos más pequeños del alfabeto hebreo, se refiere al cumplimiento del d., “el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda”, Mt 5, 18; St 2, 10. Al joven que le pregunta a Jesús qué debe hacer para conseguir la vida eterna, el Señor le responde: “guarda los mandamientos”, y los enumera, Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-23.
Jesús con su enseñanza no quería abolir la Ley sino llevarla al fin pleno que ella buscaba, la justicia perfecta, como se puede ver en las antítesis que se leen en Mt 5, 21-48. Lo nuevo de la enseñanza de Jesús, está en que todo lo impregna con el mandamiento del amor, en lo cual resume toda la Ley y los Profetas. Cuando un fariseo le preguntó cuál era el mandamiento mayor de la Ley, le responde, citando Dt 24, 14, “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Luego, según Lv 19, 18, el segundo, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”; Mt 22, 34-40. Según esto, el precepto de amor ya estaba en la Ley, en el d. del A. T., pero con Cristo adquiere otra dimensión pues es la señal de los nuevos tiempos inaugurados por Jesús, señal de la Nueva Alianza sellada con su sangre; por eso Jesús dice: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros”, Jn 13, 34; 1 Jn 2, 8; y más aún, Jesús dice que a sus discípulos los reconocerán si se tienen amor unos a otros, este es el sello de sus seguidores, Jn 13, 35. Lo nuevo de Cristo está en que nos trajo al Paráclito, al Consolador, el Espíritu Santo, cuyo don nos libera del egoísmo y nos abre hacia el amor de Dios y del prójimo. San Pablo, hablando de los mandamientos en este mismo sentido, lo sintetiza todo de esta manera, en Rm 13, 8-10, “Con nadie tengáis otra deuda que la del amor. Pues el que ama al prójimo ha cumplido la Ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la Ley en su plenitud”. Por esto, el mismo apóstol Pablo, cuando escribe sobre la jerarquía de los carismas, dice que nada valen si no tengo caridad, y que esta es la mayor entre las virtudes teologales del cristiano, 1 Co 13, 3 y 13.
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