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El hombre puede dirigirse hacia el bien sólo en la libertad, que Dios le ha dado como signo eminente de su imagen: 251 « Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión (cf. Si 15,14), para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa ». 252
El hombre justamente aprecia la libertad y la busca con pasión: justamente quiere –y debe–, formar y guiar por su libre iniciativa su vida personal y social, asumiendo personalmente su responsabilidad. 253 La libertad, en efecto, no sólo permite al hombre cambiar convenientemente el estado de las cosas exterior a él, sino que determina su crecimiento como persona, mediante opciones conformes al bien verdadero: 254 de este modo, el hombre se genera a sí mismo, es padre de su propio ser 255 y construye el orden social. 256
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