Hechos 16
Nuevo Testamento (AFM 1995) ›1Llegó también a Derbe y Listra. Había allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, y de padre griego.
2Los hermanos de Listra e Iconio daban de él un buen testimonio.
3Pablo quiso que fuera con él; y tomándole, lo circuncidó a causa de los judíos que había por aquellos lugares, pues todos sabían que su padre era griego.
4Cuando pasaba por las ciudades, les recomendaban que guardasen las doctrinas decretadas por los Apóstoles y presbíteros de Jerusalén.
5Las Iglesias se robustecían en la fe y crecían en número cada día.
6Atravesaron Frigia y la región de Galacia, habiéndoles impedido el Espíritu Santo que anunciaran la palabra en Asia.
7Acercándose a Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero no se lo permitió el Espíritu de Jesús.
8Por esto, dejando a un lado Misia, descendieron hasta Tróade.
9Durante la noche tuvo Pablo una visión: un macedonio, puesto en pie, le rogaba: «Ven a Macedonia y ayúdanos».
10En cuanto se percató de la visión, tratamos de ir a Macedonia, convencidos de que Dios nos había llamado para evangelizarlos.
11Embarcando, pues, en Tróade, fuimos derechos a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis;
12de allí a Filipos, que es la primera ciudad de esta parte de Macedonia, y una colonia. En esta ciudad permanecimos algunos días.
13El día de sábado salimos fuera de la puerta, junto al río, donde pensábamos que se tendría la oración; y, sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido.
14Una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba escuchando. El Señor abrió su corazón para que se adhiriese a las cosas que Pablo decía.
15Después de haber sido bautizada junto con toda su casa, nos suplicó: «Si me juzgáis fiel al Señor, entrad en mi casa y quedaos». Y nos obligó.
16Sucedió luego que cuando íbamos a la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía espíritu de adivinación, y con sus adivinaciones proporcionaba a sus amos muchos beneficios.
17Esta nos siguió a Pablo y a nosotros gritando: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, los cuales os anuncian el camino de la salvación».
18Esto lo hizo muchos días. Compadecido Pablo, se volvió y dijo al espíritu: «En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella». Y en el acto salió.
19Al ver sus amos que desaparecía la esperanza de sus beneficios, prendieron a Pablo y a Silas y los llevaron a la plaza, ante las autoridades.
20Y presentándolos a los magistrados, dijeron: «Estos hombres alborotan nuestra ciudad; y, al ser judíos,
21predican costumbres que nosotros, como romanos, no podemos aceptar ni practicar».
22La multitud se amotinó contra ellos, y los magistrados, tras hacerles quitar sus túnicas, mandaron que los azotaran con varas.
23Después de haberlos llenado de heridas, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los guardase con cuidado.
24Este, al recibir la orden, los metió en el calabozo y sujetó sus pies en el cepo.
25Hacia la medianoche, Pablo y Silas hacían oración cantando los himnos a Dios, mientras los presos escuchaban.
26De repente se produjo un terremoto, tan grande que se conmovieron los cimientos de la cárcel. En el acto se abrieron todas las puertas y a todos se les soltaron las cadenas.
27El carcelero se despertó y, al ver abiertas las puertas de la cárcel, desenvainó la espada para matarse, creyendo que los presos habían huido.
28Pero Pablo le gritó: «No te hagas ningún daño, que todos estamos aquí».
29Pidió una luz, entró y temblando se arrojó a los pies de Saulo y Silas;
30luego sacándolos fuera, dijo: «Señores, ¿qué debo hacer para salvarme?»
31Ellos le dijeron: «Cree en el Señor Jesús, y te salvarás tú y tu casa».
32Y le instruyeron en la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.
33En aquella hora de la noche los tomó consigo, les lavó las heridas, y en seguida fue bautizado él y todos los suyos.
34Los subió a su casa, preparó la mesa, y se alegró con toda su familia de haber creído en Dios.
35Al hacerse de día, los magistrados enviaron a los lictores a decirle: «Suelta a esos hombres».
36El carcelero transmitió a Pablo estas palabras: «Los magistrados han ordenado que os ponga en libertad. Salid, pues, ahora y marchad en paz».
37Pero Pablo les dijo: «Después que nos han azotado públicamente sin juzgarnos, siendo ciudadanos romanos, y nos han metido en la cárcel, ¿van a sacarnos ahora en secreto? No será así. Que vengan ellos a sacarnos».
38Los lictores refirieron a los magistrados estas palabras. Al oír que eran ciudadanos romanos tuvieron miedo.
39Vinieron y les pidieron excusas; y, sacándolos fuera, les rogaron que se marcharan de la ciudad.
40Ellos saliendo de la cárcel, fueron a casa de Lidia y, tras ver a los hermanos, los animaron y se marcharon.