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2 Pedro 3

Nuevo Testamento (AFM 1995)

1Esta es ya, carísimos, la segunda carta que os escribo. En ellas trato de despertar, con mis advertencias, vuestro sano criterio,

2para que recordéis las predicciones de los santos y profetas y el mandamiento del Señor y Salvador transmitido por vuestros apóstoles.

3Sabed ante todo que en los últimos días vendrán burladores llenos de engaño, guiados por sus propias pasiones,

4que dirán: «¿Dónde queda la promesa de su venida?» Pues desde que murieron los Padres todo sigue como desde el principio de la creación.

5Y es que ignoran, deliberadamente, que al principio hubo cielos, y que la tierra, emergiendo del agua, se sostenía entre las aguas por la palabra de Dios,

6y que, por eso, el mundo de entonces pereció inundado por el agua.

7Pero los cielos y la tierra de ahora están reservados por esa misma palabra para el fuego y guardados hasta el día del juicio y de la condenación de los impíos.

8Carísimos, no se os oculte una cosa: un día ante Dios es como mil años, y mil años como un día.

9No retrasa el Señor la promesa, como algunos piensan acusándole de tardanza, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan a penitencia.

10El día del Señor llegará como un ladrón: día en que los cielos, con gran estrépito pasarán; los elementos, abrasados, se disolverán, así como la tierra y las obras que en ella se encuentren.

11Puesto que todo esto ha de disolverse, conviene que vosotros os portéis según un modo de vida santo y piadoso,

12adelantando la llegada del día de Dios, a causa de la cual los cielos en llamas se disolverán y aun los elementos abrasados se fundirán.

13Pero según su promesa, esperamos nuevos cielos y nueva tierra en los que habita la justicia.

14Por esto, carísimos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz, limpios y sin culpa,

15y considerad que vuestra salvación está en la paciencia de nuestro Señor, según os lo escribió también nuestro querido hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le fue otorgada.

16Así lo dice también en todas sus cartas cuando habla en ellas de esto, aunque hay algunos puntos difíciles de entender que los ignorantes e inconscientes tergiversan —lo mismo que las demás Escrituras— para su propia perdición.

17Por consiguiente, queridos, ya estáis advertidos: vigilad, no sea que, arrastrados por el error de esos libertinos, os resquebrajéis en vuestra firmeza.

18Creced, en cambio, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria, ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

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