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Hechos 5

La Buena Noticia - Felipe de Fuenterrabía (NT)

1Castigo de Ananías y Safira. Pero otro, llamado Ananías, de acuerdo con su mujer, Safira, vendió una posesión;

2y, reservándose para sí una parte del precio, con la complicidad de su mujer puso lo restante a disposición de los apóstoles.

3Díjole Pedro: Ananías, ¿cómo has dejado que Satanás se apodere de tu corazón, engañando al Espíritu Santo, y quedándote con una parte del precio del campo?

4¿No era tuyo antes de venderlo? Y una vez vendido, ¿no quedaba su precio en tu poder? ¿Cómo se te ha ocurrido hacer esto? No has mentido a los hombres sino a Dios.

5Al oír Ananías estas palabras, cayó muerto. Con esto se apoderó un gran temor de todos cuantos lo oyeron contar.

6Luego los más jóvenes, envolviéndolo en un lienzo, lo sacaron para darle sepultura.

7Unas tres horas más tarde entró la mujer, que no sabía lo que había ocurrido.

8Y Pedro le preguntó: Díme, ¿es verdad que habéis vendido el campo a tal precio? Ella respondió: Sí, a ese precio.

9Y exclamó Pedro: ¿Cómo os habéis puesto de acuerdo para tentar al espíritu del Señor? Mira: los pies de los que han sepultado a tu marido están a la puerta, y te llevarán a ti también.

10En el mismo instante, se desplomó a sus pies y expiró. Entraron los jóvenes y, encontrándola ya cadáver, la sacaron y enterraron junto a su marido.

11Con esto se apoderó un gran temor de toda la comunidad y de todos cuantos lo oían contar.

12Milagros de los apóstoles e incremento de la iglesia. Eran muchas las señales y los prodigios que realizaban los apóstoles entre el pueblo. Todos los fieles con un mismo corazón se reunían en el pórtico de Salomón;

13pero de los demás nadie se atrevía a agregarse a ellos; sin embargo el pueblo los tenía en gran estima.

14Cada vez era mayor el número de hombres y de mujeres que abrazaban la fe en el Señor.

15Y hasta sacaban a la calle los enfermos en lechos y camillas para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra diese en alguno de ellos.

16De los pueblos vecinos a Jerusalén concurría también la gente en gran número, trayendo enfermos y poseídos de espíritus impuros. Y todos recobraban la salud.

17Prisión y liberación milagrosa de los apóstoles. Intervino entonces el sumo sacerdote con todos los suyos, que eran de la secta de los saduceos. Estaban consumidos por la envidia.

18Se apoderaron de los apóstoles y los metieron en la cárcel pública.

19Pero durante la noche un ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel; y, sacándolos fuera, les dijo:

20Id al templo y anunciad allí al pueblo el mensaje de la vida.

21Ellos obedecieron; y, entrando al amanecer en el templo, comenzaron a enseñar. Mientras tanto el sumo sacerdote con los suyos convocó el sanedrín, esto es, el senado en pleno del pueblo judío, y enviaron a la cárcel por ellos.

22Los alguaciles, que fueron allá, no los encontraron en la cárcel. Y se volvieron para notificarlo, diciendo:

23Hemos encontrado la cárcel cerrada con toda cautela y a los centinelas vigilando en las puertas; las hemos abierto y dentro no hemos encontrado a nadie.

24Cuando el prefecto del templo y los pontífices oyeron estas palabras, quedaron perplejos, preguntándose cómo habría sucedido aquello.

25En esto llegó uno con la siguiente noticia: Los hombres que habéis metido en la cárcel, están en el templo adoctrinando al pueblo.

26En seguida fue por ellos el prefecto del templo con sus alguaciles; y los trajeron, pero sin recurrir a la violencia; tenían miedo de ser apedreados por el pueblo.

27Proceso de los apóstoles ante el sanedrín. Conducidos y presentados ante el sanedrín, el sumo sacerdote les interpeló así:

28Os hemos prohibido con toda severidad enseñar en el nombre de ése. Con todo, habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer caer sobre nosotros la sangre de ese hombre.

29Respondieron Pedro y los demás apóstoles con estas palabras: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres.

30El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero.

31Dios lo ha entronizado a su diestra como a jefe y salvador, a fin de que otorgue a Israel el arrepentimiento y la remisión de los pecados.

32Nosotros somos testigos de ello; y lo es también el Espíritu Santo, que Dios ha otorgado a los que le obedecen.

33Ante esta respuesta se consumían de rabia y querían acabar con ellos.

34Intervención de Gamaliel. Pero se levantó en medio de la asamblea un fariseo, llamado Gamaliel, doctor de la ley, que era muy estimado en todo el pueblo. Mandó que hiciesen salir un momento a los apóstoles,

35y dijo: Hombres de Israel, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres.

36Hace algún tiempo se presentó Teudas diciendo que era un gran personaje; y se le juntaron como unos cuatrocientos hombres. Pero murió de muerte violenta; y todos cuantos obedecían sus órdenes, se dispersaron quedando reducidos a nada.

37Después de él, apareció Judas el Galileo, en los días del empadronamiento, quien arrastró al pueblo en pos de sí. Pereció también él; y los que le seguían, se dispersaron.

38Respecto del caso que nos ocupa ahora, yo os aconsejo lo siguiente: No os metáis con estos hombres, dejadlos en paz. Porque si esta idea o empresa es de hombres, se desvanecerá por sí misma.

39Pero si realmente es cosa de Dios, no podéis destruirla. ¡No vaya a resultar que habéis hecho la guerra contra Dios! Y se dejaron convencer por sus palabras.

40Los apóstoles en libertad. Llamaron luego a los apóstoles; y, después de haberlos hecho azotar, les prohibieron severamente hablar en el nombre de Jesús; y los dejaron ir.

41Ellos, por su parte, salieron gozosos de la presencia del sanedrín, por haber sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús.

42Y no cesaban todo el día de enseñar en el templo y por las casas, anunciando la buena nueva de Jesús, el Mesías.

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