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1 Corintios 2

La Buena Noticia - Felipe de Fuenterrabía (NT)

1Pablo no fundamentó su predicación en la sabiduría humana. Tampoco yo, hermanos, cuando llegué a vosotros, fui a anunciaros con sublimidad de elocuencia o de sabiduría el mensaje de Dios.

2Me propuse no saber entre vosotros otra cosa que a Jesucristo, y éste, crucificado.

3Y estuve entre vosotros con debilidad, con miedo y con angustia.

4Mis palabras en público y en privado no se fundamentaron en persuasión de sabiduría, sino en demostración poderosa de espíritu,

5para que vuestra fe no se fundamente en sabiduría humana sino en el poder de Dios.

6El mensaje evangélico de salud es sabiduría altísima. Cierto que de sabiduría hablamos entre los perfectos; pero no es la sabiduría de este mundo ni la de las fuerzas rectoras de este siglo, destinadas a desaparecer.

7Más bien, enseñamos como un misterio una sabiduría divina que ha estado escondida hasta ahora, que desde un principio destinó Dios para nuestra gloria

8y que no fue conocida por ninguna de las fuerzas rectoras de este siglo. (En verdad que si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria.)

9Como está escrito: Lo que no vieron ojos ni escucharon oídos, lo que por mente humana no pasó, lo que Dios preparó para sus amadores;

10eso lo ha revelado Dios a nosotros mediante el espíritu. Que el espíritu todo lo escudriña, hasta las profundidades de Dios.

11Entre los hombres, ¿quién conoce los secretos del hombre, sino su espíritu que está dentro de él? De la misma manera, nadie conoce los secretos de Dios, sino el espíritu de Dios.

12Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el espíritu que viene de Dios para que conozcamos lo que Dios nos ha donado graciosamente.

13De esto hablamos, no con palabras que pueda enseñar la humana sabiduría, sino con lenguaje aprendido del espíritu; y a aquellos en quienes reside el espíritu exponemos las verdades que nos enseña él mismo.

14El hombre en quien no reside el espíritu de Dios, no comprende las verdades que enseña el espíritu. Son una necedad para él; y no puede comprenderlas porque sólo se comprenden con ayuda del espíritu.

15En cambio, el hombre que lo posee puede conocerlo todo, sin que él pueda ser conocido por ningún otro.

16Porque: ¿Quién conoció la mente del Señor, y quién puede instruirle? Nosotros, sí, tenemos la mente de Cristo.

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