Salmos 31
Santa Biblia Martín Nieto ›1Al maestro de coro. Salmo de David
2A ti, Señor, me acojo; que jamás quede yo defraudado; libérame, pues tú eres justo;
3atiéndeme, ven corriendo a liberarme; sé tú mi roca de refugio, la fortaleza de mi salvación;
4ya que eres tú mi roca y mi fortaleza, por el honor de tu nombre, condúceme tú y guíame;
5sácame de la red que me han tendido, pues tú eres mi refugio.
6En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me rescatarás, Señor, Dios verdadero.
7Aborrezco a los que adoran ídolos vanos, pero yo he puesto mi confianza en el Señor;
8tu amor ser mi gozo y mi alegría, porque te has fijado en mi miseria y has comprendido la angustia de mi alma;
9no me has entregado en manos de mis enemigos y has puesto mis pies en campo libre.
10Piedad, Señor, que estoy en gran peligro. Se consumen de tristeza mis ojos, mi alma y todas mis entrañas;
11mi vida se consume de tristeza, los gemidos acaban con mis años; la miseria acaba con mis fuerzas, mis huesos se consumen.
12Soy la irrisión de todos mis opresores, asco de los vecinos y espanto de los que me conocen; los que me ven en la calle huyen de mí.
13Se olvidan de mí, como si ya estuviera muerto, soy un objeto de basura.
14Oigo los cuchicheos de la gente -terror por todas partes- , se han puesto de acuerdo contra mí y tratan de matarme.
15Pero yo confío en ti, Señor; lo confirmo: "Tú eres mi Dios";
16mi vida está en tus manos, líbrame de mis enemigos, de mis perseguidores;
17mira a tu siervo con ojos de bondad y sálvame por tu amor.
18Señor, que no me avergüence de haberte invocado; que se avergüencen los malvados y bajen al silencio del abismo;
19enmudezcan los labios mentirosos, que hablan al justo con insolencia, con arrogancia y con desprecio.
20Qué grande es tu bondad, Señor, la que tú reservas para tus leales y repartes, a la vista de todos, a los que en ti confían;
21tú los guardas al amparo de tu rostro, lejos de las intrigas de los hombres; tú los cobijas en tu tienda lejos de las lenguas mordaces.
22Bendito sea el Señor, pues su amor me hizo un milagro en una ciudad amurallada.
23Yo decía en mi turbación: "Estoy dejado de tus ojos"; mas tú escuchaste la voz de mi plegaria, mi grito suplicante.
24Amad al Señor todos sus fieles, el Señor guarda a los creyentes, pero paga con creces su merecido al que procede con orgullo.
25Ánimo, sed fuertes todos los que esperáis en el Señor.