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Baruc 6

Biblia de Jerusalén 4 Edición (2009)

1Por los pecados que habéis cometido contra Dios, vais a ser deportados a Babilonia por su rey, Nabucodonosor.

2Llegados a Babilonia, permaneceréis allí muchos años, un largo periodo de siete generaciones; pero después yo os sacaré de allí en paz.

3En ese tiempo veréis en Babilonia dioses de plata, oro y madera, que son transportados a hombros * y que infunden temor a los paganos.

4Tened cuidado, no vayáis a imitar también vosotros a esos extranjeros y os domine el temor hacia ellos.

5Cuando veáis a la multitud delante y detrás de ellos adorándolos, decid entonces en vuestro interior: «A ti solo hay que adorar, Señor,»

6pues mi ángel os acompaña y protege vuestras vidas.

7La lengua de esos dioses ha sido modelada por un artesano y, aunque están recubiertos de oro y plata, son falsos y no pueden hablar.

8Como se hace con una joven presumida, ellos toman oro y tejen coronas para las cabezas de sus dioses.

9A veces los sacerdotes roban a sus dioses oro y plata y lo gastan en su propio beneficio e incluso se lo dan a las prostitutas sagradas * .

10A esos dioses de plata, oro y madera también los adornan con vestidos, como si fuesen hombres; pero no se libran ni de la roña ni de la polilla.

11Y aunque los visten con mantos de púrpura, tienen que limpiarles la cara del polvo de los templos que se les acumula encima.

12Algunos empuñan cetros como jueces de distrito, pero no pueden castigar a quien los ofende.

13Otros llevan en sus manos espadas y hachas, pero no pueden defenderse de la guerra ni de los ladrones.

14Con ello se demuestra que no son dioses. Por tanto, no los temáis.

15Como cacharros domésticos que, cuando se rompen, ya no sirven, así son los dioses que entronizan en sus templos.

16Tienen los ojos llenos del polvo que levantan los pies de los que entran.

17Igual que se encierra a cal y canto a los condenados a muerte por delitos contra el rey, los sacerdotes refuerzan sus templos con portones, cerrojos y barrotes, para que no sean saqueados por los ladrones.

18Les encienden más luces que las que ellos mismos usan, aunque los dioses no pueden ver ni una sola.

19Son como las vigas de las casas cuyo interior, según se dice, está carcomido. Tampoco se dan cuenta de los bichos de la tierra que los devoran a ellos y a sus vestidos.

20Tienen la cara ennegrecida por los humos del templo.

21Sobre su cuerpo y sus cabezas revolotean murciélagos, golondrinas y otros pájaros, igual que los gatos.

22De donde se deduce que no son dioses. Por tanto, no los temáis.

23El oro que los recubre y adorna no podría brillar si no le limpiasen el óxido; y ni siquiera sentían cuando eran fundidos.

24Fueron comprados a precios carísimos, aunque no tienen vida.

25Como no tienen pies, son llevados a hombros, mostrando a los hombres su propia deshonra. También quedan abochornados sus servidores, porque si se caen al suelo, hay que levantarlos;

26si los ponen de pie, no pueden moverse por sí mismos; si los reclinan, no pueden enderezarse; y cuando les hacen ofrendas son como muertos.

27Los sacerdotes venden sus víctimas para provecho propio; lo mismo que sus mujeres las ponen en conserva, sin repartir nada a pobres y enfermos. Incluso tocan sus víctimas las que están con la regla y las recién paridas.

28Deduciendo de todo esto que no son dioses, no los temáis.

29¿Cómo se les puede llamar dioses, cuando son las mujeres las que presentan ofrendas * ante estos dioses de plata, oro y madera?

30En sus templos los sacerdotes los transportan con las túnicas rotas, con el pelo y la barba rapados y con la cabeza descubierta.

31Y gritan chillando ante sus dioses, como se hace en los banquetes fúnebres * .

32Los sacerdotes los despojan de sus vestidos para vestir a sus mujeres y a sus hijos.

33Si alguien les hace mal o bien, no pueden devolverle su merecido. Ni pueden poner ni quitar rey,

34como tampoco dar riquezas ni dinero. Y si alguien les hace un voto y no lo cumple, no le piden cuentas.

35Jamás libran a nadie de la muerte, ni arrancan al débil de las manos del poderoso.

36No pueden devolver la vista al ciego, ni librar a nadie de su apuro.

37No se compadecen de la viuda ni favorecen al huérfano.

38Estos objetos de madera recubiertos de oro y plata se parecen a las piedras del monte, y sus servidores quedarán abochornados.

39¿Cómo, pues, se puede creer o decir que son dioses?

40Más aún, los mismos caldeos los deshonran cuando, al ver a un mudo que no puede hablar, lo presentan a Bel, pidiéndole que le conceda el habla, como si él pudiera enterarse.

41Y ni siquiera ellos, que lo saben, son capaces de abandonar a sus dioses que no pueden sentir.

42Las mujeres, ceñidas con cuerdas, se sientan junto a los caminos quemando salvado como incienso,

43y cuando alguna de ellas, solicitada por algún transeúnte, se acuesta con él, se burla de la vecina que no ha sido escogida como ella, porque no han roto su cuerda * .

44Todo lo que hacen es mentira. ¿Cómo, pues, se puede creer o decir que son dioses?

45Han sido fabricados por artesanos y orfebres y sólo son lo que quieren sus creadores.

46Sus mismos fabricantes no viven mucho tiempo. ¿Cómo van a ser dioses los objetos que han fabricado?

47Sólo han legado a la posteridad mentira y deshonra.

48Cuando sobreviene alguna guerra o catástrofe, los sacerdotes deliberan entre sí dónde esconderse con ellos.

49¿Cómo no darse cuenta de que no son dioses los que no pueden salvarse a sí mismos de guerras y catástrofes?

50Si sólo son objetos de madera recubiertos de oro y plata, habrá que reconocer que no son más que fraude. A todos los pueblos y reyes quedará patente que no son dioses, sino manufactura humana, incapaces de realizar acción divina alguna.

51¿A quién, pues, no resulta evidente que no son dioses?

52No pueden poner reyes en los países, ni enviar la lluvia a los hombres;

53no pueden emitir sentencias, ni discernir, ni defender al agraviado, porque son impotentes. Son como grajos entre el cielo y la tierra.

54Si se declara un incendio en el templo de estos dioses de madera recubiertos de oro y plata, sus sacerdotes huirán para ponerse a salvo, pero ellos se abrasarán como las vigas maestras.

55No pueden hacer frente a rey ni a enemigos.

56¿Cómo, pues, admitir o creer que son dioses?

57Estos dioses de madera recubiertos de oro y plata no se libran de ladrones y bandidos. Como son más fuertes que ellos, les quitan el oro, la plata y los vestidos que los cubren, y desaparecen con el botín, sin que los dioses puedan socorrerse a sí mismos.

58De modo que vale más un rey que demuestra su propio valor, o un cacharro útil en casa, que sirve a su dueño, que estos dioses falsos. Vale más una puerta que protege cuanto hay en una casa, que estos dioses falsos. Vale más una columna de madera en un palacio, que estos dioses falsos.

59Porque el sol, la luna y las estrellas brillan y cumplen la tarea encomendada.

60Igualmente, cuando el relámpago aparece, es bien visible. Asimismo el viento sopla en todos sitios.

61Cuando las nubes reciben de Dios la orden de recorrer toda la tierra, cumplen lo ordenado; y el fuego, enviado desde arriba a consumir montes y bosques, hace lo que se le manda.

62Pero esos dioses no son comparables a estas cosas ni en apariencia ni en poder.

63Por tanto, no se puede creer ni afirmar que sean dioses, puesto que son incapaces de hacer justicia y de favorecer a los hombres.

64Sabiendo, pues, que no son dioses, no los temáis.

65No pueden maldecir ni bendecir a los reyes.

66No pueden mostrar a las naciones señales celestes, ni brillar como el sol, ni alumbrar como la luna.

67Las bestias valen más que ellos, porque pueden protegerse a sí mismas, poniéndose a cubierto.

68De ningún modo se nos demuestra que sean dioses; así que no los temáis.

69Como espantajo en melonar, que no guarda nada, así son sus dioses de madera recubiertos de oro y plata.

70Estos dioses se parecen al espino de un huerto, en el que se posa cualquier pájaro, o a un cadáver tirado en la oscuridad.

71Por la púrpura y el lino * que se les pudre encima, deduciréis que no son dioses. Ellos mismos terminarán carcomidos y serán la deshonra del país.

72En conclusión, vale más un hombre justo, que no tiene ídolos; pues nunca sufrirá tal deshonra.

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