Sal 22, 1-11
Biblia de Jerusalén 4 Edición (2009)1(21) Del maestro de coro. Sobre «la cierva de la aurora» * . Salmo. De David. [[2]] ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos. 2[[3]] Clamo de día, Dios mío, y no respondes, también de noche, sin ahorrar palabras. 3[[4]] ¡Pero tú eres el Santo, entronizado en medio de la alabanza de Israel * ! 4[[5]] En ti confiaron nuestros padres, confiaron y tú los liberaste; 5[[6]] a ti clamaron y se vieron libres, en ti confiaron sin tener que arrepentirse. 6[[7]] Yo en cambio soy gusano, no hombre, soy afrenta del vulgo, asco del pueblo; 7[[8]] todos cuantos me ven de mí se mofan, tuercen los labios y menean la cabeza: 8[[9]] «Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre, que lo salve si tanto lo quiere!». 9[[10]] Fuiste tú quien del vientre me sacó, a salvo me tuviste en los pechos de mi madre; 10[[11]] a ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres mi Dios. 11[[12]] ¡No te alejes de mí, que la angustia está cerca, que no hay quien me socorra!