Hch 8, 1-24
Biblia de Jerusalén 4 Edición (2009)1* Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén. Todos * se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría * , a excepción de los apóstoles. 2Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. 3Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia: entraba por las casas, se llevaba por la fuerza a hombres y mujeres, y los metía en la cárcel. 4Los que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando la Buena Nueva de la palabra. 5Felipe bajó a una ciudad de Samaría * y se puso a predicarles a Cristo * . 6La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque ellos oían y veían los signos que realizaba. 7Y es que de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados. 8Hubo una gran alegría en aquella ciudad. 9Sin embargo, ya de tiempo atrás había en la ciudad un hombre llamado Simón, que practicaba la magia y tenía atónito al pueblo de Samaría. Decía de sí mismo que era alguien importante. 10Todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención y comentaban: «Éste es la Potencia de Dios llamada la Grande * .» 11Le prestaban atención porque les había tenido atónitos por mucho tiempo con sus artes de magia. 12Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres. 13Incluso el mismo Simón creyó, hasta el punto que, una vez bautizado, no se apartaba de Felipe, pues estaba atónito al ver los signos y grandes milagros que se realizaban. 14Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaría había aceptado la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. 15Éstos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, 16pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. 17Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo. 18Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se transmitía el Espíritu, les ofreció dinero y les dijo: 19«Dadme a mí también ese poder: que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos.» 20Pedro le contestó: «Que tu dinero te sirva de perdición, por haber pensado que el don de Dios * se compra con dinero. 21En este asunto no tienes tú parte ni herencia, pues no piensas rectamente en lo tocante a Dios. 22Arrepiéntete, pues, de esa maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdonan esos pensamientos; 23porque veo que estás amargado, como la hiel, y encadenado por la maldad * .» 24Simón respondió: «Rogad vosotros al Señor por mí, para que no me sobrevenga ninguna de esas cosas que habéis dicho * .»