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2 Sm 7, 18-29

Biblia de Jerusalén 4 Edición (2009)

18El rey David entró, se puso ante Yahvé * y dijo: «¿Quién soy yo, Señor Yahvé, y qué mi casa, para que me hayas traído hasta aquí? 19Y aun esto te parece poco, Señor Yahvé, pues incluso hablas de la casa de tu siervo respecto a un futuro lejano. Y ésta es la ley del hombre * , Señor Yahvé. 20¿Qué más podrá David añadir a estas palabras? Tú me conoces bien, Señor Yahvé. 21Has realizado todas estas grandes cosas según tu palabra y tu designio, para dárselo a conocer a tu siervo * . 22Por eso eres grande, Señor Yahvé. Nadie hay como tú; no hay Dios fuera de ti, como lo escucharon nuestros oídos. 23¿Qué otro pueblo hay en la tierra como tu pueblo Israel, a quien un dios haya ido a rescatar para hacerle su pueblo, darle renombre y hacer en su favor grandes y terribles cosas, expulsando de delante de tu pueblo, al que rescataste de Egipto, a naciones y dioses extraños? 24Tú has constituido a tu pueblo Israel para que sea tu pueblo para siempre, y tú, Yahvé, eres su Dios. 25Y ahora, Yahvé Dios, mantén firme eternamente la palabra que has dirigido a tu siervo y a su casa, y actúa conforme a lo que has dicho. 26Que tu nombre sea por siempre engrandecido; que se diga que Yahvé Sebaot es Dios de Israel; y que la casa de tu siervo David subsista en tu presencia, 27ya que tú, Yahvé Sebaot, Dios de Israel, has hecho esta revelación a tu siervo diciendo: ‘yo te edificaré una casa’. Por eso tu siervo ha encontrado valor para orar en tu presencia. 28Ahora, Señor Yahvé, ya que tú eres Dios, que tus palabras son verdad y que has prometido a tu siervo esta dicha, 29dígnate bendecir la casa de tu siervo para que permanezca por siempre en tu presencia, pues tú, Señor Yahvé, has hablado y con tu bendición la casa de tu siervo será eternamente bendita.»